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Discurso de Eduardo Levy Yeyati en la cena anual CIPPEC 2014


Transcripción del dicurso de Eduardo Levy Yeyati, presidente del Consejo de Administración de CIPPEC, en la cena anual CIPPEC 2014

 

Buenas noches. Bienvenidos a la cena anual de CIPPEC.

CIPPEC le debe mucho a muchas personas y sería muy largo agradecer a todos individualmente, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de mencionar a alguien que dejó su invalorable aporte y su impronta en la institución y que hoy nos sigue acompañando de cerca. Me refiero a mi antecesor al frente del Consejo de Administración de CIPPEC, el querido Enrique Valiente Noailles.

Como decía recién María, este año batimos récord de asistencia y estamos todos muy felizmente sorprendidos. No porque no lo esperáramos. Sabíamos de la demanda cada vez más urgente de pensar la Argentina. Sabíamos también del deseo de bajarle el tono y de subirle las aspiraciones al debate sobre políticas públicas. Esperábamos esta convocatoria. Pero en la Argentina hay siempre una distancia inefable entre expectativas y realizaciones. Y la realización de esta cena nos renueva la confianza y nos sube la vara. Por eso es tan importante para nosotros la presencia de todos ustedes esta noche.

Para un observador casual, Argentina es un país curioso.  Ni exótico ni trágico; en todo caso, contradictorio. La Argentina es blanco fácil del lugar común. Dicen que el premio nobel de Economía Simon Kuznetz decía que había cuatro categorías de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. Con esto no sólo insinuaba un supuesto carácter especial de nuestro país, sino sobre todo una suerte de determinismo económico de compartimientos estancos.

La historia mostró que la distinción de Kuznetz era más tenue de lo que él imaginaba. Sin embargo, desde aquella célebre frase hasta la tapa del Economist de hace un mes, mostrando a un Messi de espaldas, desangelado, Argentina sigue siendo vista como el paradigma de la oportunidad perdida, del fracaso a la vez previsible e inexplicable.

Tenemos que resistir esa imagen simplista. Argentina, como otro cualquier país, no es raro, ni excepcional. Es, apenas, complejo.

Y si algo caracteriza a la "complejidad" argentina es su inconstancia, eso que el frío lenguaje científico llama volatilidad. Argentina es inconstante, tanto en su economía como en sus expectativas y consensos. Pasamos de la recesión del siglo a las tasas chinas, transitamos del fatalismo de las crisis al triunfalismo de las recuperaciones.

Este resultadismo inevitablemente influye en nuestros políticos: después de todo, la política es un emergente de su sociedad de origen y, como tal, refleja sus valores, consensos e ilusiones.

Quizás por eso pocos países latinoamericanos exhiben la pendularidad de ideas y enfoques que mostró la Argentina en los últimos 30 años. Pensemos en la proliferación de etiquetas: republicanismo, populismo, liberalismo, aperturismo, progresismo, estatismo, proteccionismo. O en la experimentación constante, y muchas veces circular.

O en la bipolaridad de las expectativas.

Podría hablarles, por ejemplo, de todo lo bueno que nos espera. Decirles que tenemos recursos naturales, financiamiento externo y capital humano para desarrollar servicios de exportación o para industrializar nuestros productos primarios. Que a pesar del desgate de nuestra imagen internacional, Argentina está en una posición privilegiada para recuperar el rol de articulador regional, como el que juegan Francia en Europa o Corea en Asia. Que un país que se levanta de las cenizas como lo hizo Argentina en el 2002 tiene el capital empresario para encontrarle la vuelta al desarrollo, sin imitar modelos de países con recursos y realidades políticas distantes.

Podría decirles, en suma, que Argentina está condenada al éxito.

Pero también podría hablarles de las asignaturas pendientes. Decirles que después de 30 años de democracia y 10 años de bonanza, tenemos 30% de inflación, saldo comercial cero y crecimiento enano. Que tenemos un déficit fiscal contenido con ajuste de jubilaciones, reservas internacionales flaqueando a pesar de los cepos, servicios públicos anémicos, viviendas precarias, educación a marzo.

Podría decirles, en suma, que Argentina está condenada al fracaso.

De nuevo, creo que hay que resistir estas simplificaciones. Argentina no está condenada a nada. O, mejor dicho, está condenada a nosotros mismos. A la gente que hoy nos acompaña, acá, en este salón. Y a muchos otros que no han podido venir pero están, cada uno desde su rol, pensando el país.

El desarrollo nos elude no a causa de un pecado original o un determinismo irreparable sino porque, si bien los ingredientes fundamentales están, nunca terminan de conjugarse de manera adecuada.

Ahí es donde CIPPEC encuentra su rol como usina y reservorio de ideas. Como promotores del largoplacismo. Humildemente, sin pretender educar al soberano, tratamos de extender el horizonte y de ampliar la caja de herramientas del político, acercándole las mejores prácticas de la región y del mundo. Y cuando es necesario, damos una mano en la implementación.

Humildad ante la complejidad. Quiero resaltar ese contraste: podría ser nuestro eslogan. O el de cualquier agenda de desarrollo. Porque no hay que subestimar la complejidad de la tarea, hay que sobreestimarla.

El desarrollo no son unas pocas grandes ideas en un Libro Blanco. El desarrollo son muchas ideas pequeñas, combinadas y acumuladas pacientemente a lo largo del tiempo. Es una tarea paciente en un tiempo largo. Una tarea y un tiempo que exceden un período de gobierno, que nos exceden individualmente a todos nosotros.

En CIPPEC sumamos en esta tarea con nuestro trabajo de hormiga. Muchos de los mejores especialistas del país, en economía, educación, infraestructura, protección social, gestión pública, ayudan a través de CIPPEC a zanjar la distancia entre complejidad y practicidad. Entre las buenas ideas y los buenos resultados.

Está claro que esto está lejos de ser suficiente. El desarrollo no puede tercerizarse en un grupo de especialistas: precisa que los líderes políticos, empresarios, sindicales y de la sociedad civil adopten y adapten estas ideas para llevarlas a la práctica.

Con nuestra investigación y diseminación, en CIPPEC hacemos nuestro aporte para orientar y  complementar el esfuerzo de estos líderes. Para darles perspectiva, contenido y músculo. Y para recordarles el desafío que tenemos por delante: esa oportunidad siempre lejana, siempre inminente, de construir una Argentina mejor.

Nuevamente, bienvenidos a la cena anual de CIPPEC y gracias por acompañarnos.

 

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Area de Instituciones y Gestión Pública
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