Argentina, jueves 23 de mayo de 2013 - 03:51

 

 

 

 

 

 

Área de Desarrollo Social

El crecimiento económico es un requisito necesario para alcanzar altos niveles de desarrollo en las complejas sociedades modernas. Sin embargo, el estudio de la historia reciente demuestra que, para lograr índices aceptables de equidad y desarrollo social, es fundamental contar con un fuerte involucramiento del Estado. Las sociedades dejadas al total arbitrio de las fuerzas del mercado caen en una puja distributiva descontrolada, donde los sectores menos favorecidos pierden capacidad de influencia. Se generan así círculos viciosos de anomia y marginalidad que llevan a una violencia más o menos organizada. La sociedad toda pierde, y el contrato social se debilita hasta perder una mínima legitimidad.

Dos de los principales instrumentos en manos del Estado para influenciar la organización de las fuerzas sociales son, por supuesto, la política impositiva y el uso del gasto público. Todo país desarrollado cuenta hoy con un sector estatal que se alimenta de entre un cuarto y la mitad de todos los recursos producidos. Sin embargo, dichos instrumentos no son suficientes por si mismos. La gran innovación en políticas públicas que trajo consigo el siglo XX fue la sofisticación de la intervención del Estado en áreas previamente ajenas al accionar del mismo. Se construyeron sistemas educativos basados en el ambicioso objetivo de educar a cada nueva generación. Se desarrollaron sistemas de salud que aspiran a proteger de las enfermedades a cada ciudadano, al ritmo de una evolución tecnológica que cada vez hace más ambicioso y a la vez más complejo su funcionamiento y financiamiento. Los sistemas de seguridad social crecieron hasta lo que sólo un siglo atrás era impensable, buscando proteger a los ciudadanos que ha alcanzado una edad donde ya no pueden sustentarse por sí mismos.

Se avanzó también en la protección de quienes caen temporalmente en el desempleo, a la vez que se implementaron masivos programas de construcción de viviendas y de extensión de los servicios públicos. Existe así hoy un puñado de países donde ser pobre no significa vivir una vida indigna, y donde la igualdad de oportunidades no parece ya una utopía solo concebible por los ingenuos.

En la Argentina, como todos sabemos, el camino hacia el desarrollo social no ha sido lineal. Los argentinos contamos con sistemas públicos de educación, salud y seguridad social que llegan a la mayoría de la población. Sin embargo, la calidad de los servicios recibidos es sumamente heterogénea y, en general, cuanto más pobre se es, peor es el servicio que se recibe. Claro que no es de extrañar que un país que no ha logrado evitar la violencia y la permanente interrupción de los ciclos democráticos, o que no ha sabido construir un Estado que evite endeudarse irresponsablemente hasta la implosión, no haya sido tampoco capaz de construir buenas escuelas y hospitales para toda la población.

 

Parecen existir, sin embargo, elementos para ser cautamente optimistas. Hay indicios de que la trágica crisis de fines de 2001 ha dejado aprendizajes colectivos sobre como hacer para que el Estado sea más efectivo en su tarea. De ser así, lograr crear un sistema educativo más eficaz, y un sistema de salud más justo, son dos de los más grandes desafíos pendientes. Se parte de niveles tales que estos esfuerzos seguramente llevarán más de una generación. CIPPEC intenta hacer un aporte a este proceso, específicamente a través de los Programas de Educación, Salud y Protección Social.