Opinión

La solución no pasa por criminalizar

Noticias | Archivo | Jueves 6 de setiembre de 2007 | Cultura | Nota

 

Por Inés Dussel

Para LA NACION

 La noticia estremece. Impactan los números: un promedio de 1200 chicos expulsados de la escuela por día (aunque las expulsiones no sean definitivas y haya mecanismos de reingreso) no nos deja el consuelo de la anécdota. No hay duda de que algo se está yendo de las manos y que estamos frente a un problema de funcionamiento del sistema educativo y de la sociedad en su conjunto.

 También impresiona en la noticia la asociación inmediata con la criminalidad infantil. Parece que hubiera un vínculo directo, que no necesita demostrarse, entre salir de la escuela y entrar en la delincuencia. Y perturba pensar que la solución es culpar a los padres, volver más estricta la carga sobre las familias, para resolver un problema que a todas luces parece más complejo.

 Vayamos por partes y distingamos algunos elementos que, aunque vengan juntos, no necesariamente tienen una relación de causa-efecto.

 Suele argumentarse que el problema disciplinario en las escuelas es que "los chicos ya no vienen como antes". En todo caso, antes de quedarse en el lamento nostálgico, habría que volver la pregunta sobre la propia escuela y trabajar más sobre las dificultades para incluir a los estudiantes en una propuesta basada en la confianza y en el trabajo pedagógico.

 Si hay algo roto en el vínculo que propone la escuela, ¿es todo responsabilidad de las nuevas generaciones? ¿No habrá que interrogarse también sobre las respuestas adultas? La disciplina nunca es sólo el espacio de las "inconductas"; es, antes que nada, un orden pedagógico, un estilo de trabajo.

 No es un tema del recreo: es un problema del aula, del docente y de la dirección. Pensar que es algo que "traen" los chicos desde sus casas, por fuera de ese vínculo, es errar en el diagnóstico, y seguramente equivocarse en las soluciones.

 Esto no quiere decir que todo pueda ser solucionado dentro de la escuela o que este problema sea sólo causado por la escuela. Es indudable que hay problemas de gobierno en las sociedades contemporáneas, que prometen el "libre reinado del individuo" pero que después no pueden cumplir con esa promesa. Ninguna sociedad organizada puede hacerlo.

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 Hay fronteras más difusas entre el bien y el mal, hay una relación de espectadores con los semejantes. ¿Cómo se insiste en una organización escolar que exige la repetición, la memoria y la aceptación de contenidos y horarios decididos por otros, cuando buena parte de la sociedad dice que eso no sirve, no vale? Hay un problema real, candente, que no puede resolverse mirando hacia atrás ni con miradas lineales.

 Que un chico se porte mal en la escuela no quiere decir que vaya a ser delincuente, ni mucho menos. Está bien convocar a las familias para compartir la responsabilidad de educar a los niños, pero no puede hacérselo sólo para cargar las tintas sobre ellas, muchas veces con padres trabajadores que no pueden asegurarse de seguir a sus hijos a toda hora.

 La sociedad, y no sólo la escuela, tiene que pensar este problema y proponer soluciones que no pasen por criminalizar, excluir o marginar, sino que ayuden a encontrar formas de tramitar los conflictos de otras maneras. Para que nadie sienta que no hay lugar para él o ella en la sociedad y corte todo lazo con lo común, con lo de todos.

 La autora es coordinadora del área de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).