13% de quienes optaron por Massa y 5% de los que eligieron a Randazzo en las PASO votaron a Cambiemos en las generales

 

Hay elecciones legislativas que sólo distribuyen bancas en el Congreso y que tienen un valor esencialmente numérico, y otras que además representan un cambio cualitativo en el sistema político. Las del domingo se encuadran en esta última categoría porque marcaron el inicio de una nueva fase del gobierno de Mauricio Macri: la de la centralidad absoluta.

Después de la crisis de 2001-2002, que terminó con el esquema bipartidista, la galaxia política se reconstruyó exclusivamente en torno de los Kirchner. Fueron épocas de unipolaridad. En 2015 se inició una fase de transición, en la que emergió Cambiemos como nuevo actor de poder nacional, pero en tensión con el influjo residual del peronismo kirchnerista expresado en el Congreso y en las provincias. Ahora logró su definitiva consolidación como nuevo eje de rotación de todo el sistema, con satélites opositores dispersos alrededor. La escenificación de esa renovada unipolaridad se verá mañana, cuando Macri encabece una gran mesa con 170 dirigentes, gobernadores, empresarios y gremialistas para hablar de reformas.

El análisis del resultado electoral indica que por primera vez Cambiemos superó claramente el tercio de los votos nacionales con el 41% (hace dos años había obtenido el 34%). Pero como marca un informe del Instituto Pensamiento y Políticas Públicas, de Claudio Lozano, el oficialismo creció más en los últimos dos meses que en los últimos dos años. En las generales de octubre de 2015 Cambiemos obtuvo en el tramo de legisladores 8,1 millones de votos. En las PASO de agosto de este año subió a 8,3 millones. Pero en las generales escaló a 10,1 millones de sufragios, es decir, casi 1,8 millones más.

Esa fenomenal ampliación de su base electoral se complementa con otros datos importantes. El primero es su gran performance en todos los centros urbanos. El oficialismo se impuso en 12 provincias y en la ciudad de Buenos Aires, pero además ganó en otras cuatro cabeceras de provincias donde perdió: Posadas, San Miguel de Tucumán, la ciudad de San Juan y Ushuaia. En total triunfó en 17 capitales. Lo mismo sucedió en los principales conglomerados bonaerenses, no sólo en La Plata, sino también en Mar del Plata, Bahía Blanca, Tandil y Junín. Esto demuestra que el oficialismo se ha transformado en el nuevo partido de la clase media -herencia radical- y que no sólo es mayoritario en el centro del país agropecuario (como mostraba el mapa de las elecciones de 2015), sino que también se expandió en el Norte y en el Sur a partir de su desarrollo urbano.

En forma complementaria, en esta elección Cambiemos empezó a perforar los sectores sociales más bajos. En la provincia de Buenos Aires ganó en todas las secciones electorales, menos en la tercera, símbolo del conurbano profundo. Pero ahí fue derrotado por sólo ocho puntos cuando antes no figuraba. Y en la vecina primera sección ganó en municipios históricamente adversos como San Martín (randazzismo), Hurlingham (kirchnerismo) y Tigre (massismo). Es decir, el macrismo se infiltró en lo que hasta hace poco eran inexpugnables territorios del peronismo y le debilitó su base de sustentación. Y ese fenómeno se potenció con la polarización. Un estudio de Cippec, elaborado por María Page y Pedro Antenucci sobre la base de un sofisticado mecanismo de detección de transferencia de sufragios, concluyó que hubo un 13,24% de votantes de Sergio Massa y un 5,02% de Florencio Randazzo que viraron hacia Cambiemos.

Esto habla de un cambio de fisonomía política de Cambiemos, de otro volumen político. Muchos se distrajeron con los globos amarillos y los bailes descoordinados de Macri, mientras la ola amarilla se les estaban colando por la medianera de atrás en sus distritos.

Pero lo más extraño de todo es que esta ampliación de la masa de votantes no tiene como factor movilizador ninguno de los estímulos tradicionales del votante argentino: ni un gran repunte económico ni una mejora en el consumo ni un festival de subsidios. Por el contrario, los últimos dos años fueron muy áridos y recién en el último tramo de la campaña se conocieron los primeros índices positivos. ¿Qué lleva entonces a un votante a elegir a los postulantes de Cambiemos? En 2015 la respuesta generalizada pareció ser el rechazo al kirchnerismo. Esta vez la presencia de Cristina como candidata pudo reeditar ese sentimiento antagónico, pero no permite explicar el éxito del oficialismo en muchas provincias donde la disputa bonaerense resonaba muy lejana.

Podría estar ocurriendo que Cambiemos de a poco haya empezado a adquirir un ethos, un carácter propio más allá de su antikirchnerismo. Nada muy sofisticado, pero quizás efectivo: gestión, obras, trabajo en equipo y, sobre todo, expectativas de un futuro mejor, probablemente el indicador más relevante que le permitió al Gobierno ganar tiempo cuando no tenía mucho para exhibir.

“El dato político central es la consolidación nacional de Cambiemos. Es una transformación cualitativa porque se convirtió en un vehículo concreto en todas las provincias, con los mismos valores, visión y mensaje. Llenamos de contenido lo que significa el cambio. Nos transformamos en una fuerza aspiracional”. La reflexión la hizo esta semana Marcos Peña, el hombre a quien Macri reconoció ante todo su equipo como el artífice del triunfo electoral. Uno de los hombres que lo asesoran en materia de opinión pública coincidía al señalar que “empieza a haber un posicionamiento de Cambiemos en término absoluto, no sólo relativo en relación con otras fuerzas. Sigue siendo algo frágil, pero ganó sentido e identidad”.

Si uno observa la evolución del voto se percibe una conducta de los ciudadanos más autónoma (prueba de ello, en 10 provincias perdieron los oficialismos locales), más volátil (en nueve provincias la fuerza política que ganó en las PASO de agosto terminó derrotada en las generales del domingo pasado) y aparentemente más racional (basado más en expectativas futuras que en beneficios actuales). De verificarse este comportamiento, la Argentina podría estar iniciando un cambio de cultura cívica tan profundo como lo fue en el siglo pasado la ley Sáenz Peña o el advenimiento del peronismo. Aunque es demasiado pronto para pensar que ya han quedado atrás décadas de clientelismo, punteros y prebendas, cuando hasta el propio Cambiemos apela a estos recursos.

Esta nueva conformación del votante implica un desafío gigante para el oficialismo porque representa un apoyo condicionado. Si no hay resultados tangibles, en dos años podría darse vuelta.

Por eso, en la Casa Rosada no hubo mucho tiempo para el triunfalismo. “Festejen tres minutos y ya nos ponemos a trabajar”, los recibió Macri a sus ministros en la reunión del martes. Hay una clara conciencia de que el futuro del Gobierno se juega en el año que va desde ahora hasta fin de 2018. Primero, porque es un período que no va a estar impregnado por lo electoral. Segundo, porque la oposición quedó fragmentada y no debería ser un gran obstáculo para las reformas previstas. Y tercero porque en la próxima elección el factor expectativa ya no será de utilidad y sólo habrá margen para una evaluación descarnada de cuánto mejoró la calidad de vida de cada habitante.

Probablemente ahora el mayor reto de Cambiemos sea no enamorarse de la receta que lo llevó hasta acá. Muchos gobiernos sucumbieron al encanto popular y desperdiciaron su mejor momento. Le pasó a Menem y también les pasó a los Kirchner. Hasta ahora la preocupación de Macri era construir poder. Ahora el desafío mayor pasa por saber administrarlo.

Autor


María Page

Investigadora asociada de Instituciones Políticas

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