La innovación en educación busca repensar la matriz escolar para desplegar un aprendizaje en profundidad

Qué significa, hoy, innovar en educación? Contra toda expectativa del sentido común, la respuesta no es ni sencilla, ni unívoca, ni rápida. Lo saben los alumnos franceses que, a partir de septiembre de este año, tendrán prohibido utilizar teléfonos celulares en el ámbito escolar. “Debemos encontrar una manera de proteger a los alumnos de la pérdida de concentración a través de pantallas y teléfonos”, aseguró recientemente el ministro de educación Jean-Michel Blanquer, no sin suscitar recelos entre padres y algunas autoridades educativas. Mientras tanto, en la Argentina, la discusión más dura del último tiempo es la que se está dando en torno al proyecto de la UniCABA o Universidad Docente de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Rechazada por los 29 centros de formación docente porteños, la iniciativa fue cuestionada por especialistas como Jason Beech, investigador de Educación Comparada de la Universidad de San Andrés, y Mariano Narodowski, profesor de la Universidad Torcuato Di Tella y autor de El colapso de la educación (presentado la semana pasada en la Feria del Libro).

En definitiva, en todo el planeta las comunidades educativas enfrentan un contexto incierto, que les impone interrogantes más o menos urgentes: qué hacer con el impacto del universo tecnológico; cómo impulsar una formación docente acorde al siglo XXI; de qué modo transformar la experiencia educativa en una vivencia creadora de ciudadanía, curiosidad, conocimiento y capacidad de acción frente a un mundo en permanente cambio. Un desafío que supone encontrar nuevos sentidos para una institución, la escuela, que -más allá de todo lo ocurrido desde el siglo XIX hasta el presente- sigue estando ligada a esos viejos conocidos: un aula, un pizarrón y el vínculo que docentes y estudiantes puedan llegar a construir.

Más que tecnología

Entonces, vuelve la pregunta: ¿de qué hablamos cuando hablamos de innovar en materia educativa? Porque, si bien está demostrado que en el sector empresario la innovación es un atributo diferenciador, queda mucho por decir sobre qué implica este concepto en el territorio del conocimiento. En principio, para numerosos especialistas la innovación en educación significa bastante más que la mera incorporación de tecnología, nuevas herramientas o diferentes metodologías. “Una alternativa innovadora con relación a lo que se hace en educación desde el siglo pasado implica cambios en el papel de los docentes y los alumnos. Para la educación actual, los estudiantes deben tener un papel activo, ser productores del proceso mediante el cual aprenden, construir el conocimiento en el aula y trabajar en equipo. Por su parte, el docente debe ser quien ordene las ideas que surgen entre los estudiantes y quien produzca las propuestas que llevan adelante sus alumnos”, explica a la nación Guillermina Tiramonti, especialista en educación, investigadora de Flacso y profesora titular de la cátedra Políticas Educativas de la Universidad Nacional de La Plata.

“Planteada de esta manera, la innovación no debe ser un objetivo, sino un proceso de construcción de escenarios que promuevan vínculos significativos entre los alumnos y el conocimiento – explica Lucas Delgado, coordinador del laboratorio-. Una clave es un proyecto educativo e institucional capaz de transformar aspectos de la matriz educativa tradicional sin alterar la estabilidad de docentes y alumnos en el aprendizaje”. La mirada más abarcativa de la innovación supone que una institución puede incorporar prácticas innovadoras en diferentes aspectos del proceso: la enseñanza, el aprendizaje, la gestión escolar, la formación docente o el trabajo con la comunidad. El libro 50 innovaciones educativas para escuelas editado en 2017 muestra experiencias innovadoras recopiladas por el EduLab de Cippec en instituciones de prácticamente todo el mundo, de las cuales el 70% provienen o se implementan en América Latina.

Allí, los autores Axel Rivas, Fernando André y Lucas Delgado delimitan cierto territorio de acción y señalan: “la innovación busca desnaturalizar, repensar, desmitificar la matriz escolar tradicional para desplegar un aprendizaje en profundidad que genere capacidades de actuar en los alumnos. Además, tiene escalas: es practicable en las aulas, pero se potencia con transformaciones sistémicas impulsadas por los Estados”.

Alumnos autónomos

Entre los ejemplos detectados por el libro figura el sistema de enseñanza creado por el psicólogo español Ventura Fontán durante la década del 60 y desarrollado con su equipo desde fines del siglo XX, que propone cambiar de raíz la lógica del proceso de enseñanza y aprendizaje. Plasmado en el Colegio Fontán, una institución privada de la ciudad de Medellín, Colombia, y en otras escuelas asociadas, esta propuesta se basa en el aprendizaje personalizado (considera que la autorregulación y la autoeficacia son motores del aprendizaje) a través de guías con preguntas y narraciones que construyen el contenido, en lugar de trabajar con un texto estático. Aquí la clave es el énfasis en el desarrollo de la autonomía y el deseo de aprender en los estudiantes, a partir de la confianza y la comprensión profunda del contenido.

Otra práctica destacada son las redes de tutoría implementadas en todas las escuelas rurales de México y algunas de Chile, Tailandia y Singapur. En este caso, el supuesto básico es que, sin vínculo personal y afectivo, no hay aprendizaje. Por eso, las redes proponen un formato pedagógico clave: hacer de los estudiantes participantes activos en el proceso de enseñanza-aprendizaje a través de dinámicas que promuevan que los alumnos se enseñen entre ellos. Por ejemplo: el estudiante que sabe más de matemática le enseña al que tiene dificultades en esa materia; el que domina las conjugaciones verbales apoya a compañeros con dificultades en esa área, y así en otras temáticas. De este modo, los estudiantes pueden convertirse en actores de su propio aprendizaje, reforzar lo que ya saben (para aprender bien algo, nada mejor que tenerlo que enseñar), generar vínculos personales fuertes, fortalecen su autoestima, su motivación y su sentido de pertenencia. Asimismo, la flexibilización de tiempos y espacios de aprendizaje aligera la rutina escolar y promueve el crecimiento de la autonomía.

Entre los ejemplos que suelen citar los pedagogos que buscan experiencias innovadoras en el exterior está también el que se puso en marcha en septiembre de 2015 en la red de escuelas jesuitas de Cataluña, en España. Allí se dio el puntapié en el ámbito de la enseñanza media con una innovadora experiencia piloto que derriba convenciones del ámbito educativo. Se rediseñaron las aulas (adiós a las paredes), se redefinió el papel de los profesores (las clases tienen 60 alumnos y tres profesores) y se fomentó el trabajo por proyectos. Estas modificaciones se cristalizaron en distintas siglas como el Mcefe (Modelo de Cambio del Espacio Físico de las Escuelas) o el MENA (Modelo de Enseñanza y Aprendizaje). El primero intenta propiciar ambientes más flexibles y educadores, desde el cambio de colores en el aula hasta el diseño de espacios más grandes y polivalentes. El MENA es el modelo pedagógico que prioriza contenidos a través del descubrimiento guiado y el trabajo cooperativo en proyectos basados en problemas reales y cotidianos.

En la Argentina

Desde la mirada de los especialistas, la Argentina también tiene instituciones y políticas educativas que siguen claves innovadoras. De este modo, se suele mencionar los casos de la Escuela Proa en Córdoba, ORT en Buenos Aires, las escuelas Waldorf y las escuelas que, por ejemplo, dependen del Ministerio de Educación de la Provincia de Santa Fe. “Los denominadores en común de los casos de innovación argentinos tienen relación con la apertura del proceso creativo del alumno, el trabajo por proyecto y objetivos, la puesta en marcha del trabajo en red de instituciones para nutrirse de otras experiencias y compartir los conocimientos propios y, por último, que los alumnos hagan buenas preguntas más que ofrecer respuestas memorizadas”, concluye Tiramonti.

Una de las metodologías detectadas por el estudio, y que tiene más de nueve años de experiencia en diversas escuelas de la Argentina, se denomina Pretextos y busca potenciar, a través del arte, la lectura en profundidad de textos complejos. La propuesta se basa en utilizar textos clásicos y contemporáneos como objetos a ser interrogados. Los libros y las lecturas son el punto de partida. Mediante distintos tipos de actividades, niños y adolescentes responden a estos cuestionamientos con producciones artísticas y se preguntan por su propio proceso de interpretación creativa. El protocolo favorece que los alumnos aprendan a apreciar las artes al interpelar los textos literarios y científicos con sus propias intervenciones artísticas. Al mismo tiempo, promueve la participación y las voces de los chicos, e impulsa una lectura crítica y en profundidad.

En busca de otras miradas

La innovación apunta esencialmente a un cambio de mentalidad tanto en los educadores como en los padres y el Estado porque, según Tiramonti, los alumnos “ya están preparados para los cambios”. La especialista agrega: “La escuela tradicional tenía muy en claro cómo iba a ser el mundo cuando los alumnos egresaran de la institución. En cambio, hoy tenemos que educar para un mundo que se desconoce cómo es y cómo será en los próximos años y eso, necesariamente, implica que todos los actores implicados tomen riesgos.”

Por su parte, Adrián Moscovich, director ejecutivo de la Escuela ORT de Buenos Aires, comenta: “Estamos en un sistema educativo donde el 55% de los alumnos de la escuela media va a instituciones de gestión privada y donde solo se puede optar por tres grandes ramas: bachiller, técnico o comercial. Por eso creemos que el espacio del aula tiene que ir más allá de la escuela; tiene que ser un proceso de inclusión en el más amplio sentido de la palabra, donde el colegio sea un establecimiento de experimentación multidisciplinario con muchas más que tres opciones”.

Lo cierto es que los padres muchas veces depositan en la escuela diversas expectativas en relación al aprendizaje de los hijos, y creen que una vez que el alumno tenga un título va a ser, inevitablemente, exitoso. Pero uno de los cambios que proponen las instituciones innovadoras es la modificación de esa mirada: “El alumno va a ser exitoso cuando la propuesta del colegio repercuta en cada uno de los ámbitos del estudiante: su familia, su amigos, su comportamiento social, el club, la sala de espera de un médico y hasta en el viaje en colectivo”, señaló Moscovich.

Por: Leandro Africano 
La Nación 

Autor


Axel Rivas

Investigador principal de Educación

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