Se necesita coordinación y cooperación en el G20 para que la actual revolución industrial lleve a una prosperidad compartida

El futuro del trabajo se ha vuelto una preocupación en todo el mundo. La velocidad con que se vienen introduciendo innovaciones tecnológicas y con la que se están incorporando a la economía sugiere que, tal vez, estamos transitando un cambio significativo de lo que producimos, cómo lo producimos y cómo lo distribuimos. La economía global y la nuestra pueden lucir muy distinto en cuestión de unos pocos lustros. Este es un gran desafío para quienes pensamos políticas públicas.

Si se lo mira con algo de perspectiva histórica, el futuro del trabajo no es una preocupación nueva. Ha sido desde su origen la preocupación principal de los estudiosos del desarrollo. Las economías en desarrollo se distinguen por su dualidad. En ellas, conviven sectores y actividades modernas de alta productividad, próximos a los estándares internacionales, y otros rezagados, de muy baja productividad, que, dependiendo del grado de desarrollo, pueden ser mayormente agrícolas de subsistencia o urbanos de alta informalidad y bajísima calificación y uso de tecnología.

El economista brasileño Edmar Bacha inventó la metáfora de Belindia para describir esta dualidad: un país con una pequeña fracción de su población trabajando con estándares e ingresos similares a los de Bélgica y la mayoritaria, con productividad e ingresos similares a los de la India. El desafío para los economistas del desarrollo ha sido siempre entender cuáles son los caminos para que Belindia se convierta en Bélgica; vale decir, una economía con cada vez más empleos del tipo belga y menos del tipo indio. Este proceso claramente implica una pregunta sobre el futuro del trabajo. El desarrollo económico no puede darse sin una transformación de la estructura productiva, lo que a su vez implica una transformación de la estructura del empleo.

El rápido cambio tecnológico actual puede generar un gran impacto sobre las economías del mundo. En los países desarrollados, con economías más estables y sectores productivos maduros, este impacto es principalmente distributivo: trabajadores desplazados por la tecnología ven una merma en sus ingresos mientras los trabajadores cuyas habilidades son complementadas por la nueva tecnología ven incrementado su bienestar. Para los países en desarrollo, además de los conflictos distributivos, las innovaciones tecnológicas involucran un doble desafío. Ya no solo es dilucidar los caminos que promueven una transformación productiva de una economía dual a una moderna, sino también entender qué modificaciones sufrirán las estructuras productivas modernas a raíz de los cambios tecnológicos. Este es uno de los principales mensajes que intentamos comunicar desde el T20 al G20 a lo largo de este año.

La introducción y la difusión de las nuevas tecnologías en el mundo laboral no será pareja y consecuentemente el futuro del trabajo será distinto en cada economía. La acción coordinada y cooperativa de los países del G20 debe contemplar las heterogeneidades al interior del grupo para lograr que esta nueva revolución industrial que estamos empezando a transitar sea un camino a una prosperidad compartida y no una nueva fuente de divergencia.

Fuente: Infobae

Autores


Martín Rapetti

Ramiro Albrieu

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