El mercado de trabajo argentino arrastra un problema estructural: está estancado hace más de quince años. El empleo privado formal crece por debajo del ritmo al que se expande la población que busca insertarse. A esto se suma un desgranamiento lento, pero continuo, hacia formas más precarias: en los últimos diez años el empleo privado registrado se mantuvo prácticamente constante (-0,9%), mientras que el empleo monotributista y autónomo creció 27% en el mismo período. A su vez, la informalidad promedio fue de casi el 35% en la última década. El resultado es un mercado laboral que, lejos de consolidarse, se fragmenta.
Ahora bien, incluso si la economía recuperara dinamismo y se revirtiera el estancamiento, hay procesos simultáneos que exceden al ciclo económico y que de cualquier manera van a reconfigurar las reglas del juego en las próximas décadas. El cambio tecnológico —en particular, el crecimiento de la inteligencia artificial— está modificando tareas, ocupaciones y habilidades requeridas. En paralelo, el cambio demográfico, con una fuerte caída de la tasa de fecundidad y una población que envejece, altera la composición de la fuerza laboral: no solo cambian los puestos de trabajo disponibles, sino también quiénes están disponibles para tomarlos. A su vez, los segmentos de población joven son – en la actualidad – los más expuestos al desempleo y la informalidad.
La interacción entre estos procesos no necesariamente es automática ni sincronizada, y de ahí surge una pregunta central: ¿qué pasa cuando el tipo de trabajo que se demanda deja de coincidir con el perfil de quienes están disponibles para hacerlo?
Pensar este desajuste requiere ir más allá de la pregunta de cuántos empleos sobrevivirán a la inteligencia artificial. La IA no necesariamente reemplaza ocupaciones enteras, sino que automatiza o complementa actividades puntuales dentro de cada puesto, y por eso el impacto varía enormemente según qué tan rutinaria y delimitada sea la tarea en cuestión. Esto vuelve indispensable anticipar, y no solo reaccionar: entender hoy dónde se concentra la exposición a la IA permite orientar a tiempo la formación y las políticas de empleo, en lugar de esperar a que el desajuste ya esté instalado.
En esa línea, un informe reciente de Anthropic se propone estimar dos formas de exposición a la IA. Una es teórica: qué tareas de cada ocupación podrían, en principio, resolverse con la introducción de estas herramientas. La otra es la observada: de todo lo que sería teóricamente posible, cuánto se está usando realmente hoy en los puestos laborales. La brecha entre ambas medidas es, en sí misma, un dato: buena parte de lo que la tecnología permite todavía no se adoptó. A su vez, la investigación anticipa qué ocupaciones podrían ser las más afectadas y si ya muestran peores resultados laborales o si, por ahora, el impacto es más una promesa que un hecho consumado.
El hallazgo más contundente no es cuánto crece o cae el empleo hoy, sino la tendencia a futuro: las ocupaciones con mayor exposición observada son, en promedio, las que se proyecta que menos van a crecer en la próxima década. La relación no es uniforme en tanto varía según la categoría ocupacional: es alta en tareas administrativas y de oficina, y baja en trabajos manuales, de cuidado o que requieren presencia física. Sin embargo, la dirección es clara: a mayor exposición, menor crecimiento esperado del empleo. La señal más temprana, además, no aparece como desempleo sino como una puerta de entrada que se angosta: la contratación de trabajadores/as jóvenes (22 a 25 años) se enlenteció justamente en las ocupaciones más expuestas.
Siendo los/as trabajadores/as más jóvenes quienes primero sentirán el impacto, resulta interesante analizar qué perfiles de esta generación está formando hoy el sistema universitario argentino. Entre 2014 y 2024, Informática fue la disciplina que creció con mayor fuerza (+53%), aunque mantiene un volumen de estudiantes bajo. Economía y Administración, en cambio, se mantuvo prácticamente estable en el mismo período (+1%) y, aun así, sigue siendo la disciplina más numerosa del sistema público universitario —la que, a modo de ejemplo, más se acerca a los perfiles administrativos y de análisis que el informe de Anthropic ya encuentra entre los más expuestos hoy—. Si la exposición ya empieza a angostar la entrada de los/as más jóvenes al mercado laboral, el dato importa doblemente: es justamente ese grupo, recién egresado, el que hoy elige mayoritariamente formarse para los perfiles más expuestos.
Este análisis anticipatorio resulta una oportunidad para actuar antes que el desajuste se instale: promover habilidades transferibles que sirvan más allá de una ocupación puntual, garantizar formación continua para quienes ya están trabajando, ofrecer orientación vocacional que se apoye en evidencia sobre hacia dónde se mueve la demanda de trabajo.
Ese ejercicio de anticipación no reemplaza la agenda urgente de hoy: los/as jóvenes siguen enfrentando tasas de desempleo mucho más altas que el resto, y buena parte de ellos/as no completa su formación o lo hace sin las herramientas necesarias para sostener un empleo. Pensar el futuro y actuar sobre las barreras del presente no son caminos alternativos, sino complementarios.