¿Cómo crecen las ciudades Argentinas? Estudio de la expansión urbana de los 33 grandes aglomerados


Las ciudades se han convertido en las últimas décadas en el escenario de los grandes desafíos del siglo XXI: el cambio climático, las nuevas tecnologías, la gobernanza metropolitana y la desigualdad, son aspectos que tienen consecuencias palpables en los espacios urbanos. La expansión acelerada de los grandes aglomerados urbanos es una problemática de escala mundial que acentúa esos desafíos y a la cual las ciudades argentinas no escapan. En este contexto, el programa de Ciudades de CIPPEC se ha propuesto estudiar el modo en que crecen las ciudades con el fin de evidenciar de la manera más simple posible sus potenciales consecuencias e intentar guiar nuevas formas de planificación urbana que incentiven un crecimiento más deseable de los grandes aglomerados urbanos argentinos.

El diagnóstico general que puede hacerse a partir de los resultados que se presentan en este libro es contundente: las ciudades argentinas no están creciendo de manera sustentable, consumiendo mucho suelo en relación con sus propios incrementos poblacionales. Si bien este enunciado goza de un consenso bastante amplio -sobre todo en los ámbitos académicos- en este caso se lo sostiene con la evidencia empírica proporcionada por los datos obtenidos en base a un extenso trabajo realizado desde el Laboratorio Urbano Digital (LUD) de CIPPEC. Se trata de un puntilloso método, el cual, a través de la lectura de imágenes satelitales, procura identificar el ritmo y el tipo de crecimiento en la expansión de los grandes aglomerados urbanos del país. Dicho trabajo es acompañado de un análisis de la dinámica poblacional, que surge de los datos proporcionados por los Censos de Población, Hogares y Vivienda del Indec correspondientes con los años 1991, 2001 y 2010.

Cabe destacar que, al tratarse de un estudio que abarca una década (2006-2016) y áreas metropolitanas que trascienden fronteras jurisdiccionales, los resultados del análisis así como también las recomendaciones volcadas en este documento abarcan a más de una gestión nacional, en todas las provincias e incluyendo a todos los municipios dentro de los 33 grandes aglomerados urbanos argentinos. Se trata entonces más de una radiografía de cómo crecen las ciudades que de una o varias gestiones en particular.

Las consecuencias de las formas de crecimiento que propugnan patrones de alto consumo de suelo y replican ocupaciones de baja densidad, afectan negativamente a las dinámicas urbanas, dado que, en tanto la ciudad no densifica sus tejidos, la consecuencia directa de ello es la expansión con bajas densidades, la segregación social y la proliferación de vacíos urbanos, hecho que conlleva costos más altos debido al incremento de las inversiones que hacen al funcionamiento de la ciudad, la provisión de servicios en territorios cada vez más amplios y los traslados de la población hacia los centros urbanos mediante transporte público que tienden a la ineficiencia o, peor aún, por medio del automóvil particular, con su impacto nocivo sobre los sistemas de movilidad y las emisiones de CO2 que promueve. Además, mientras la ciudad no es plausible de consolidarse debido a la inviabilidad y los costos excesivos, la única forma que tiene de crecer ante la ausencia de lógicas de densificación es mediante el derrame por expansión, lo cual que genera nuevos enclaves de urbanización, tanto privados (barrios cerrados), públicos (vivienda planificada) como autogestivos (asentamientos informales).

Por el contrario, tal como señala la Nueva Agenda Urbana, firmada en Quito durante la Tercera Conferencia Mundial de Hábitat y Desarrollo Sostenible dos años atrás, los beneficios de una ciudad compacta se centran en las posibilidades de accesibilidad y proximidad entre las actividades urbanas que la comunidad lleva a cabo. Cuantas mayores sean las alternativas de los vínculos productivos e intercambios sociales, más eficiente resultará el funcionamiento de ese espacio urbano, y mayores serán los desafíos desde la gestión pública para alcanzar y mantener dichos estándares.

Una ciudad extensa tiene también consecuencias severas en los aspectos socioambientales ya que afecta al cinturón agrícola que la rodea y le provee sus alimentos a un costo más bajo, dada su proximidad a los mercados de consumo. La expansión urbana se realiza además sobre tierras que a menudo cumplen funciones ambientales importantes, como humedales, recargas de acuíferos y reservas de biodiversidad ecológica.

Es primordial entonces modificar este patrón de expansión también para reducir los efectos del cambio climático en las ciudades, principalmente las inundaciones, y cumplir con las recomendaciones del Acuerdo de París acerca de reducir las emisiones de CO2 y generar espacios urbanos más resilientes. No menos importante es el impacto que la expansión acelerada acarrea en el manejo de los vínculos entre jurisdicciones. Las áreas urbanas que surgen durante el proceso de expansión forman un continuo con la mancha urbana original que trasciende los límites administrativos y que conlleva nuevos desafíos en torno a la gobernanza metropolitana. A la vez, la poca viabilidad de concretar obras de consolidación como consecuencia del crecimiento por derrame produce suburbios sin infraestructuras, con escasos servicios y equipamientos.

En suma, para alcanzar el desarrollo de ciudades más equitativas, resilientes y con una gestión del territorio inteligente y eficaz, se deben implementar estrategias para mitigar el impacto de la expansión de los tejidos de baja densidad. Transformar los dispositivos de la planificación urbana y el alcance de las políticas públicas en las ciudades resulta fundamental para confluir en marcos que promuevan el desarrollo urbano equilibrado e integral.

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