La “feria” judicial

Publicado el 29 de mayo

La Justicia extendió la feria, nuevamente.

La feria para la gente, en especial en las grandes ciudades, es sinónimo de vacaciones de quienes trabajan con el derecho. La feria evoca imágenes vívidas: Tribunales se vacía, se puede circular mejor por las calles. En enero la feria se suma a la falta de clases y mucha gente disfruta de una ciudad algo más vivible a pesar del calor. Estar de feria es una situación de disfrute. “¿A dónde fuiste en la feria?” es una pregunta que se entiende perfectamente. Son treinta días de enero y quince de julio. En Argentina la feria es una institución social, es parte de la rutina anual, es un rito.

Un viejo cuento de Alf Ross, “TÚ-TÚ”, narraba la historia del antropólogo ilirio Eidan en su paso por las islas Noisuli, del Pacífico Sur donde habita la tribu Aisat-naf. En la tribu algunas personas estaban TÚ-TÚ. Esa condición surgía, por ejemplo, si alguien comía la comida del jefe. Para dejar de estar TÚ-TÚ había que someterse a una ceremonia de purificación. El antropólogo, en su afán desmitificador, trató de mostrarle a la tribu que la condición de estar TÚ-TÚ no agregaba nada a lo que ellos necesitaban hacer. Lo mismo se podía decir sin el término en cuestión: “El que coma la comida del jefe debe purificarse”.

Spoiler: Ross sabe que ya nos dimos cuenta de que los Aisat-naf somos nosotros. Que cuando decimos que una persona es “propietaria” de algo, lo que decimos es que compró, o heredó, o le regalaron algo y que puede venderlo, alquilarlo, o usarlo. Es decir que la palabra “propiedad”, como “TÚ-TÚ”, no refiere a nada. No hay nada en el mundo a lo que la palabra corresponda. ¿Eso quiere decir que debemos desecharla como una superstición? No, lo que debemos es dejar de buscar la naturaleza de la “propiedad”, pero seguir utilizando la palabra. Porque la palabra es útil. Nos ahorra tiempo y esfuerzo. Entendemos, si decimos que una persona es propietaria de algo, que sucedió alguno de los hechos condicionantes para la adquisición de algo y que esa persona tiene derecho a ciertas consecuencias que se derivan de esos hechos conforme las normas de esa sociedad.

“Feria” es una de esas palabras. No refiere a nada en el mundo, pero nos sirve para ahorrarnos muchas explicaciones. Hay turnos de feria, asuntos de feria, urgencias de feria, jueces y juezas de feria. El Poder Judicial dice que inicia un período de feria y toda la institución ya sabe qué hacer, lo sabe porque lo viene practicando hace décadas. Se coordinan fácilmente las acciones y quienes trabajan en la Justicia aceptan, con el esporádico gesto de fastidio (¡no me habilitaron la feria! o más critico aún: ¡cómo puede ser que tengamos 45 días de feria!), esta práctica institucional.

Estar de feria es la reacción más cómoda, más barata, menos disruptiva de enfrentar la pandemia. Si la gente tolera 45 días todos los años, ¿por qué no lo toleraría ahora en esta emergencia? El problema es que una feria de algunos días sumada a la habitual es tolerable. Sesenta días y sumando ya no. La gente necesita ver avances en sus más complicados conflictos: cuestiones de familia, indemnizaciones laborales, quiebras de empresas, condiciones de detención penitenciarias, investigaciones de delitos, juicios penales, muchos de ellos con enorme repercusión mediática son cuestiones que cada vez resulta más difícil de mantener irresueltas.

Pero sorpresivamente, si uno escucha a la gente que trabaja en la Justicia se entera que muchas personas están trabajando, que tratan de hacer lo que pueden con la tecnología que tienen y que, es cierto, no supieron o no quisieron mejorar en estas décadas, que les resulta difícil con la resistencia de muchos que deberían colaborar y no lo hacen. Que trabajan en forma remota, que asisten sincrónica y asincrónicamente a audiencias, pericias, mediaciones. Y que resienten la percepción generalizada de que no trabajan.

Uno de los problemas que tienen es de comunicación. Si dicen que extienden la feria es inevitable que eso evoque en la gente el verano, playas paradisíacas, ciudades vacías y jueces, juezas, abogados y abogadas haciendo deporte al aire libre. Decir que se extiende la feria y que se deja librado a la decisión a quien quiera trabajar como pueda tampoco mejora mucho las cosas. Tal vez haya que cambiar la palabra para hablar de lo que pasa. Tal vez decir que la Justicia está en “modo pandemia” o “crítico” o que ha instalado el sistema de atención “empático” hacia afuera y hacia adentro.

Si se hiciera algo así eso permitiría luego hacer docencia, contar lo que se está haciendo, aceptar lo que debería haberse hecho, explicar por qué no se hizo, aceptar los errores, pedir ayuda, proponer alternativas, escuchar las ideas de quienes el “modo pandemia” afecta en mayor medida. Es un gran momento para hablar y sobre todo para escuchar. Un gran momento para hacer cosas que siempre quisimos hacer y no nos atrevíamos o no teníamos la oportunidad para intentarlas.

 

Autor


Martín Böhmer

Investigador principal de Gestión Pública e Instituciones Políticas

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