Communiqué T20

Desde su creación, el principal objetivo del Think 20 (T20) es generar recomendaciones de políticas públicas concretas y basadas en investigación para ampliar la visión del G20 en su toma de decisiones. Mientras el mundo experimenta algunos de los cambios de mayor impacto en la historia, el T20 apunta a mostrar que el conocimiento técnico está al servicio de la población mundial y del crecimiento y el desarrollo de los países. Nuestra obligación es pensar, producir evidencia, y encontrar nuevas soluciones de forma activa para alcanzar un futuro próspero, sostenible e inclusivo. El gobierno argentino le encomendó al Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y al Centro de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) organizar y copresidir el proceso del T20 Argentina durante la presidencia argentina del G20.

El T20 Argentina está compuesto por diez grupos de trabajo que abordaron los principales desafíos mundiales de políticas públicas. Estos grupos de trabajo actuaron como una plataforma para el libre intercambio de opiniones y puntos de vista basados en evidencia entre expertos de más de 150 think tanks, representantes del sector privado y organizaciones internacionales de más de 60 países.

El T20 Argentina fue un proceso intenso, abierto y plural que incluyó reuniones periódicas de expertos, dos eventos oficiales y más de 25 eventos asociados. Su resultado fue la elaboración de más de 80 documentos de políticas públicas con recomendaciones basadas en evidencia para responder a desafíos globales como el cambio climático, la seguridad alimentaria, el comercio multilateral y la inequidad global, entre otros. Los documentos fueron revisados por expertos y están publicados en la plataforma del T20 Argentina. El Communiqué del T20 Argentina incluye una selección de las recomendaciones de estos documentos.

Cooperación para superar los desafíos del multilateralismo

El escenario internacional luce complejo. El descontento con la globalización ha dejado de ser una característica exclusiva de algunos países en desarrollo para extenderse a las naciones avanzadas. Tras años de cooperación internacional exitosa, predominan hoy las controversias entre países en materia comercial, impositiva, tecnológica y ambiental.

El G20 fue exitoso gestionando la crisis financiera global de 2008- 2009 y conteniendo la difusión de sus consecuencias. En esos años, el mundo enfrentó una amenaza global urgente y los líderes del G20 definieron, coordinaron e implementaron las políticas monetarias, fiscales y regulatorias necesarias para enfrentar la crisis. Desde entonces, el G20 ha cumplido un rol fundamental para promover la estabilidad financiera internacional.

Desafortunadamente, y a pesar de su relevancia, parte de la dirigencia no pareciera percibir a los desafíos globales actuales con la misma urgencia. El cambio climático, la seguridad alimentaria, la distribución de los costos y beneficios del comercio y la tecnología, la desigualdad (incluyendo la inequidad de género) así como las necesarias inversiones en infraestructura para el desarrollo son desafíos globales que generan externalidades, cuyos efectos no se perciben en el corto plazo con la misma nitidez que una crisis financiera.

Se trata de problemas de acción colectiva en los que los países tienen pocos incentivos a procurar soluciones individuales porque son costosas, no se apropian enteramente de sus beneficios e implican conflictos de intereses. Es imposible, sin embargo, promover el bienestar global si cada país no está dispuesto a dar concesiones y esforzarse para promover la cooperación internacional. Los problemas globales demandan respuestas cooperativas e instituciones capaces de generar compromisos estables. En el contexto actual, con múltiples desafíos pero sin una urgencia que reduzca las diferencias entre los actores y facilite la cooperación, las instituciones multilaterales muestran dificultades para alcanzar soluciones globales.

El G20 es el foro ideal para iniciar el diálogo en busca de los consensos básicos de un multilateralismo que permita enfrentar una agenda compartida, principalmente en materia comercial, de cambio climático, inequidad y cambio tecnológico.

Rediseñar el sistema multilateral de comercio

El G20 debería iniciar el diálogo para rediseñar a la Organización Multilateral de Comercio (OMC) y así evitar una escalada de las fricciones comerciales. Se trata de facilitar que las sociedades se adecúen a los desafíos productivos, tecnológicos y sociales del siglo XXI. Un acuerdo con creatividad entre los líderes del G20, en el que prime el principio de cooperación, generaría el impulso para vigorizar la necesaria reforma de la OMC, y fortalecer el sistema de comercio internacional.

Este diálogo, que podría desarrollarse en el ámbito del Grupo de Trabajo sobre Comercio e Inversión del G20, estaría en condiciones de edificarse sobre tres propósitos. En primer lugar, concertar la transición hacia un nuevo régimen comercial, acorde a un mundo multipolar. En segundo término, preservar lo esencial del sistema multilateral —como el principio de no discriminación— y adaptar las reglas e instituciones a las nuevas realidades del comercio mundial, caracterizado por la creciente digitalización e internacionalización de las actividades productivas y la consolidación de las cadenas globales de valor. El sistema debería responder a necesidades globales, como la seguridad alimentaria, tanto a través del comercio de bienes agrícolas como del desarrollo de sistemas alimentarios globales saludables y sustentables. En tercer lugar, se trata de conciliar la flexibilidad y previsibilidad que requiere el sistema multilateral de comercio.

Cumplir el Acuerdo de París

El G20 también debería desempeñar un papel central en la lucha contra el cambio climático. Con la tendencia actual, el calentamiento global superará los 2° C establecidos como techo para 2050. Sólo la acción inmediata y cooperativa de la comunidad internacional, con el liderazgo de los países del G20, permitirá revertir esta situación. Las medidas para mitigar y adaptarnos al cambio climático deben ser claras, contundentes y el compromiso para su implementación duradero y equitativo. El Acuerdo de París es el marco adecuado para este objetivo. El cambio climático requiere significativas inversiones en infraestructura para el desarrollo. Las economías emergentes necesitan crear o expandir su red de servicios públicos y los países desarrollados modernizarla.

El G20 debería promover acuerdos para asegurar que la nueva infraestructura contribuya a mitigar el cambio climático e incentivar el desarrollo de instrumentos y reglamentaciones financieras que permitan movilizar los recursos necesarios para llevar adelante estos proyectos. La influencia del G20 sobre las instituciones financieras multilaterales, los bancos de desarrollo y el sector privado —actores fundamentales en este proceso— será decisiva para estos propósitos.

El cambio climático es un desafío global, pero tiene una clara dimensión local. El 70% de las emisiones de efecto invernadero provienen de áreas urbanas, y este porcentaje crecerá en los próximos años con los procesos de urbanización en marcha en los países en desarrollo. El G20 debería potenciar a las ciudades para liderar la implementación de medidas para mitigar el cambio climático, asignándoles voz, recursos y responsabilidades, posibilitando así el cumplimiento de las Contribuciones Previstas y Determinadas Nacionalmente y los Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODS).

Promover un nuevo contrato social

La inequidad es otra gran fuente de frustración social a escala global. Ésta toma múltiples formas, siendo las brechas de género y la inequidad en la distribución del ingreso y la riqueza las más visibles. La vulnerabilidad de derechos y la falta de oportunidades de determinados grupos—por etnia, origen geográfico y orientación sexual, entre otros— son formas menos sonoras de inequidad pero también relevantes. Sobre este escenario de inequidad global se monta la irrupción y difusión de nuevas tecnologías —la cuarta revolución industrial— que si bien prometen ser una fuente de crecimiento de la productividad y del bienestar material, pueden también intensificar las asimetrías.

Sabemos que las nuevas tecnologías favorecerán a algunos trabajos y actividades y tornarán perimidas a otras. Sabemos también que podrán afectar más desproporcionadamente a las mujeres que a los varones y que probablemente se adoptarán y difundirán más rápidamente en países ricos que pobres. Todo esto podría exacerbar la inequidad. Pero sabemos, por otra parte, que las nuevas tecnologías son herramientas potentes que —de ser accesibles a aquellos con menor preparación y oportunidades— pueden convertirse en un trampolín que facilite la reducción de las brechas existentes. El G20 tiene por delante el desafío de cooperar para diseñar una nueva forma de estructuración social, un nuevo contrato social con las personas en el centro de las preocupaciones, que convierta a las nuevas tecnologías en vehículos no sólo de crecimiento y productividad sino de mayor equidad, transparencia y cohesión social.

El reto es multidimensional. Se trata por un lado de considerar la dimensión acerca de cómo se distribuyen los dividendos digitales que se generarán con la adopción y difusión de tecnologías disruptivas. El nuevo contrato social debería además contemplar el diseño de un sistema educativo de calidad que no sólo prepare a las personas para procesos productivos que demandarán nuevas tareas y habilidades, sino también para desarrollarse como ciudadanos plenos en un mundo digital. Esa ciudadanía plena requiere, entre otras acciones, una innovadora pedagogía para que los trabajadores puedan colaborar e interactuar con la nueva generación de robots de manera cotidiana; una renovada alfabetización ciudadana para el manejo de los grandes datos; medidas de gobernanza que desincentiven la manipulación de la opinión pública y los problemas de privacidad; y un incremento del gasto en investigación y desarrollo a través de círculos virtuosos de conocimiento y acción global.

El desafío de innovación institucional convoca a construir un sistema educativo que empodere a las personas y les otorgue un propósito que trascienda su rol social estructurado a través del trabajo, como ha ocurrido desde la primera revolución industrial. El nuevo contrato social debería también diseñar sistemas de protección social para que los desplazados no se conviertan en marginados, y para que quienes no puedan adaptarse a tiempo a las nuevas tecnologías logren una transición efectiva.

La reducción de las brechas de géneros debería estar en el centro de este nuevo contrato social. La creciente participación de las mujeres en el mundo laboral de las últimas cuatro décadas se está desacelerando y permanece muy por debajo de las tasas de participación laboral masculina. Esto se explica, fundamentalmente, por la inequitativa distribución de tareas domésticas, de cuidados y crianza, que recae mayormente sobre las mujeres. La equidad económica de género es un imperativo para la economía global y el G20 tiene la responsabilidad y la capacidad de generar avances concretos. En 2014, el G20 reconoció este rol con el compromiso de reducir la brecha de participación laboral por género en un 25% para el 2025. El nuevo contrato social debería incorporar una perspectiva transversal de género que contribuya a una mayor equidad y a un crecimiento sostenible.

Representatividad, diversidad y flexibilidad

El G20 es el foro para afrontar estos apremiantes desafíos globales porque combina representatividad, diversidad y flexibilidad. Es el grupo de países que cobija al 66% de la población mundial, produce el 85% de la producción global y participa del 75% del comercio internacional. Su representatividad y valor deriva también de la diversidad de sus integrantes. Conviven en el G20 países de todos los continentes, naciones de ingresos altos, medios y bajos, poblaciones de las más diversas religiones, historias, experiencias y culturas. Esa diversidad es uno de sus activos más importantes; debería tener un rol más protagónico.

La flexibilidad es también un activo valioso del G20 que le permite lidiar con problemas que, aunque de naturaleza común, adoptan en cada país características específicas y requieren soluciones con matices propios. La inequidad, por ejemplo, que tanta preocupación ha generado en los últimos años en los países avanzados no ha tenido la misma relevancia en muchos países de menor desarrollo. En el mundo desarrollado preocupa que el crecimiento de las últimas décadas no haya sido equitativo, mientras que en muchos países de Asia, en cambio, el rápido crecimiento económico ha permitido una notable reducción de la pobreza.

En América Latina —caracterizada por ser una de las regiones de mayor desigualdad— en la últimas tres décadas lo sobresaliente ha sido, por el contrario, el muy magro crecimiento. De modo similar, el temor a la precarización laboral e informalidad —la gig economy— que empiezan a avizorar los países avanzados no es una amenaza potencial para muchos países en desarrollo sino la realidad que viven gran parte de sus habitantes desde hace ya varias décadas.

Los desafíos de la migración adoptan también formas muy distintas en países en desarrollo y avanzados porque los movimientos migratorios fluyen mayormente en sentido opuesto. Por su representatividad, diversidad y flexibilidad, el G20 es el foro internacional más apto para impulsar la cooperación y la coordinación multilateral y así promover acciones para un mundo más próspero, inclusivo y sustentable, que respete las idiosincrasias y particularidades de cada país. Con su trabajo, el Think 20 (T20) busca ayudar al G20 a encontrar soluciones a los desafíos globales, aportando propuestas concretas que no reflejan intereses sectoriales, sino los resultados de investigación basada en evidencia.

Obstáculos y oportunidades para las mujeres en el mundo de las Pequeñas y Medianas Empresas

En el mundo, la masiva inserción laboral de la mujer ha sido uno de los sucesos más relevantes social y económicamente en la última mitad de siglo y Argentina no ha sido la excepción. Sin embargo, desde principios de los años 2000 la participación laboral femenina declinó y, actualmente, solo una de cada dos mujeres trabaja o busca empleo.

Aun cuando logran sortear los obstáculos e insertarse laboralmente, las mujeres registran una mayor tasa de desempleo e informalidad, se concentran en sectores menos dinámicos y en puestos de trabajo de menor jerarquía lo cual alimenta la brecha salarial entre varones y mujeres. Así, pese a los avances en la equidad de género, quedan cuentas pendientes para el goce efectivo de los derechos de las mujeres.

Un ámbito relevante para el análisis de la desigualdad de género en Argentina es el de las Pequeñas y Medianas Empresas (PyME). Se estima que las PyME representan alrededor del 64% del empleo total (4 millones de puestos de trabajo) y el 99% del total de empresas activas. Sin embargo, en términos de género, la información es escasa.

Este trabajo indaga en la igualdad de género en las PyME. Para ello analiza la situación actual en relación a los determinantes para emprender, los condicionantes para la continuidad de una firma, la distribución sectorial y el uso de tecnologías por género. Se emplean diversas bases de datos, entre ellas la encuesta Future of Business compilada por Facebook en colaboración con la OCDE y el Banco Mundial, la cual abarca a compañías con presencia digital.

Los datos muestran que las mujeres están subrepresentadas en las PyME, pero que hay paridad en la participación por género en la propiedad de empresas que utilizan plataformas digitales. Varones y mujeres reportan motivos y obstáculos similares para emprender. Sobre las fuentes de capital inicial, ambos utilizan ahorros personales para comenzar la actividad, pero las mujeres declaran en mayor medida recibir apoyo de su pareja.

Las empresas de propiedad masculina tienen una mayor antigüedad. Las mujeres continúan con su emprendimiento por cuestiones de flexibilidad horaria, mientras que ellas eligen en menor medida continuar por razones de rentabilidad e ingresos y su emprendimiento suele representar un menor porcentaje de sus ingresos totales.

Sobre la distribución por rama de actividad, las mujeres se concentran en comercio, hotelería, restaurantes y en servicios comunitarios, sociales, personales y de salud. Ellos se aglutinan en comercio, hotelería y restaurantes, en servicios financieros, inmobiliarios y empresariales, y en transporte, almacenaje y comunicaciones, verificando la existencia de “paredes de cristal”. A la hora de elegir la industria, ambos resaltan la importancia de desplegar sus intereses y habilidades y conocer gente en el área. Sin embargo, ellos consideran en mayor medida que la industria les garantice ingresos en el futuro; para ellas, es más importante que las barreras de  ingreso al sector sean bajas.

Este análisis da cuenta de los fenómenos de segregación horizontal y vertical que experimentan las mujeres en el mundo PyME e impiden su pleno desarrollo profesional. Dado el rol fundamental de las PyME en la economía argentina, resulta esencial asegurar las condiciones necesarias para mitigar las desigualdades por género y promover el goce efectivo de los derechos de las mujeres en el mercado laboral.

Índice de Progreso Social del conurbano bonaerense

En los 24 partidos del Conurbano Bonaerense viven 10.894.664 personas, lo que representa el 25% de la población del país y el 64% de la población de la provincia de Buenos Aires.

Esta gran cantidad de personas convierten al conurbano en una prioridad desde el punto de vista social, económico y político. Sin embargo, a pesar de su relevancia, se sabe muy poco sobre las diferentes oportunidades y desafíos que tienen cada uno de los 24 municipios que lo componen.

Contar con información de calidad es fundamental para mejorar el diagnóstico, la formulación y el monitoreo de las políticas públicas. Más aún importante es en un territorio en el que la realidad de los municipios que lo componen es heterogénea.

Para contribuir a saldar esa deuda se conformó la Red de Progreso social, liderada por la Provincia de Buenos Aires, CIPPEC, GDFE y AVINA/IPS. El objetivo de la Red es construir el Índice de Progreso Social (IPS) a nivel municipal de la provincia de Buenos Aires.

El IPS es una herramienta que permite medir las necesidades sociales y medioambientales de los ciudadanos en un territorio. El desempeño relativo de estas unidades territoriales se mide a partir de un conjunto de indicadores reunidos en tres dimensiones (Necesidades Humanas Básicas, Fundamentos de Bienestar y Oportunidades de Progreso) y 12 componentes (gráfico 1).

Gráfico 1. Marco de Progreso Social a nivel de Indicadores

Fuente: Elaboración propia

El IPS se propone, a partir de contar con información detallada sobre estos componentes, que se pueda no sólo conocer el nivel de desarrollo relativo de los municipios, sino también mejorar la toma de decisiones de gobierno y transparentar la gestión. Además este índice puede ser utilizado como herramienta de monitoreo y seguimiento de los objetivos prioritarios, permitiendo incluso mejorar la rendición de cuentas.

Siendo una de las primeras apuestas de colaboración público-privada destinadas a generar información y un debate basado en evidencia para mejorar la gestión, este documento presenta los resultados de línea de base del progreso social para el Conurbano en su conjunto y para cada uno de los municipios que lo componen.

Conurbano bonaerense: un progreso social desparejo y con desafíos

Progreso social es la capacidad de una sociedad de satisfacer las necesidades humanas fundamentales de sus ciudadanos, de establecer cimientos que permitan mejorar y mantener la calidad de vida de sus ciudadanos y comunidades, y de crear las condiciones para que todos los individuos alcancen su pleno potencial.

El estudio realizado por la Red de Progreso Social concluye que el conurbano presenta un nivel medio de progreso social (tabla I). El conurbano alcanza los 47 puntos sobre una escala de 100 posibles, evidenciando que todavía existen desafíos importantes en materia de desarrollo. Además, el conurbano muestra niveles similares de desarrollo por dimensión: 49 puntos para la dimensión Necesidades Básicas Humanas, 48 puntos para la dimensión Fundamentos de Bienestar y 42 puntos para la dimensión Oportunidades.

Tabla I. Resultados agregados por dimensión

Nota: Valores municipales agregados utilizando la ponderación poblacional
Fuente: Elaboración propia

Si hay algo que caracteriza al Conurbano es su diversidad y el IPS permite ver claramente esta característica. El nivel de progreso social de los municipios es muy dispar. La diferencia entre los dos extremos de la distribución alcanza los 25 puntos; 42% de los municipios presentan un índice agregado mayor al promedio para el Conurbano, mientras que 50% se encuentra por debajo de este promedio.

Si se ordenan los municipios según el nivel de progreso social, los municipios con mayor desarrollo son: Vicente López, San Isidro, Morón, Avellaneda, San Fernando y Tres de Febrero. En la otra punta de la distribución se encuentran: Almirante Brown, Malvinas Argentinas, Esteban Echeverría, Merlo y José C. Paz.

La distribución de los puntajes por municipio refleja la existencia de realidades muy diversas dentro del Conurbano, existiendo brechas de desarrollo que se corresponden con los procesos de urbanización y la focalización de la pobreza estructural.

Las diferencias dentro del Conurbano quedan claramente a la vista en el gráfico 2, que se generó utilizando los datos del IPS agregado y sus tres dimensiones2. A partir de este análisis se construyen cuatro grupos: el primero compuesto por tres municipios con alto nivel de progreso social, un segundo grupo con 8 municipios con niveles medios altos de progreso, el tercer grupo con 7 municipios de nivel medio bajo y un grupo final de 6 municipios con bajos niveles de progreso social.

Gráfico 2. Agrupamiento de los municipios según progreso social

Nota: Agrupamiento realizado utilizando análisis de cluster a partir de los resultados del IPS y sus 3 dimensiones
Fuente: Elaboración propia

Del análisis del IPS se desprende que la ubicación de municipio está correlacionada con el nivel de progreso social. Los municipios del 1er cordón del conurbano tienen en promedio 9 puntos más en el IPS que los municipios del 2do cordón,

siendo esta diferencia estadísticamente significativa. De esta manera los municipios del 1er cordón solo se ubican en las dos categorías más altas de desarrollo.

Pero mientras las diferencias entre los anillos del Conurbano son significativas, no parece observarse el mismo patrón al agrupar los municipios según su ubicación geográfica respecto a la Ciudad de Buenos Aires. La creencia popular sostiene que el norte del Conurbano es rico y desarrollado. Sin embargo la evidencia muestra que esta creencia no se sostiene en los datos, en tanto las dos puntas de la distribución del IPS se ubican en el norte.

Un abordaje inter-jurisdisccional

Sin información de calidad es difícil identificar los problemas que afectan a la población y diseñar políticas públicas adecuadas para impulsar el desarrollo. El Índice de Progreso Social busca aportar evidencia estandarizada que facilite la identificación de los principales desafíos que enfrentan cada uno de los municipios.

Esta medición del IPS representa la línea de base de desarrollo social del Conurbano. La continuidad en el tiempo y la institucionalización de esta herramienta de monitoreo podría mejorar tanto la gestión del gobierno como la rendición de cuentas a la ciudadanía. Complementando estos datos con evaluaciones de procesos, resultado e impactos se podrían extraer aprendizajes para alcanzar más rápidamente las metas de progreso social.

La mirada general sobre el progreso social que brinda el índice es sumamente valiosa, pero más aún es la relevancia de la información disponible a nivel de componente. Ahí quedan expuestos los principales desafíos que tienen cada uno de los municipios, como así también sus principales fortalezas. Los datos del IPS pueden entonces contribuir a generar un dialogo informado, aportando evidencia a las instancias de gobernanza metropolitana. Los resultados del IPS sugieren que todos los municipios tienen buenas prácticas y aprendizajes que pueden transferir, mientras se nutren de las experiencias exitosas para aprovechar de manera más eficiente los recursos y alcanzar mejoras sociales más rápidamente.

En los últimos 30 años el Conurbano experimentó un gran crecimiento poblacional, generando nuevos desafíos en materia productiva, ambiental y de desarrollo urbano. Este crecimiento rápido del área metropolitana no fue acompañado por una ampliación de los servicios públicos y de infraestructura, derivando en las brechas de progreso social que se observan en este informe. Tampoco fue acompañado por una gestión articulada del área metropolitana. A pesar del peso que posee este conjunto de 24 partidos en términos sociales, políticos y económicos, el conurbano no posee ninguna estructura político-administrativa o legal que centralice la implementación de políticas públicas. Por el contrario, intervienen con mayor o menor grado de coordinación el gobierno nacional, el de la ciudad de Buenos Aires, el provincial y el de los municipios que lo componen, produciendo como resultado la ausencia de una mirada integral sobre las distintas problemáticas de este territorio. En este sentido, la arquitectura político administrativa (nación, provincia y municipios) y los distintos abordajes sectoriales constituyen una barrera importante para la coordinación (vertical y horizontal) de políticas públicas necesarios para poder abordar las problemáticas y las desigualdades que afectan al Conurbano Bonaerense.

Los desafíos que señala el IPS son en su mayoría de carácter inter-jurisdiccional y deben por lo tanto ser abordados de manera coordinada por los tres niveles de gobierno que operan sobre este territorio. Los cambios profundos y sustantivos para mejorar el progreso social y la equidad en el Conurbano requieren de una articulación metropolitana. Solo si se logra reducir la fragmentación de las intervenciones se podrá avanzar hacia un desarrollo integrado que preste soluciones efectivas y sostenibles en todos los aspectos críticos que mide el índice.

Plan de Metas Evaluables 2018 – 2019. Ministerio de Gobierno de la provincia de San Juan 

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The economic case for reducing gender gaps in the labour market

Female labour force participation rate remains 27 percentage points lower than male. According to the 2017 World Economic Forum’s Global Gender Gap Report, if the current trend continues it could take another 100 years to close the overall global gender gap. Still, closing participation rates is just the first stepping stone to achieving a more egalitarian labour market. Women also face severe segregation, both occupationally and vertically. This means that, while some occupations are considered ‘female’, such as domestic service; others have very low female participation, as it is the case of Science, Technology, Engineering and Mathematical fields, and that women’s participation declines as one climbs up the career ladder.

Additionally, women earn, on average, less than men do and they carry out a heavier burden of unpaid work.

This paper seeks to make the case that reducing gender inequality is not just a human right but also a human development and economic concern. In fact, we present some findings that help to argue that closing gender gaps is beneficial not just from a macroeconomic perspective but also at the micro level, as it has proved to be more profitable for companies.

McKinsey Global Institute (2015) affirms that if female labour force participation were equal to men’s, this could input an extra $28 trillion into the annual global GDP by 2025, compared to a ‘business-as-usual’ (BAU) scenario (in which gender gaps remain unchanged). More strikingly, GDP under the scenario in which women participate in the same way men do ―the ‘full potential’ scenario― could be up to 60% higher than GDP under the BAU scenario. This is most significant in emerging economies since gaps between men and women are widest. Besides, another benefit of closing gender gaps for emerging and developing regions is the positive effect that it can have on both current and future poverty reduction rates (Sinha et al., 2007).

At the company level, the International Finance Corporation (2015) has found that better employment opportunities for women can contribute to increased profitability and productivity, and other studies, such as that of Credit Suisse Research Institute (2014), argue that higher female participation in boards or managerial positions within a firm positively impacts on their performance. Furthermore, fostering female participation seems to also translate into higher employee productivity, since Cuberes & Teignier‐Baqué (2011b) estimate that male-dominated industries in many developing countries could increase their productivity between 3% and 25% simply by increasing female labour force participation.

Moreover, we review existing policies that aim ―or have the potential ―to tackle these problems in order to contribute to the design of policies that can bridge gender gaps. While some policies have a long-term goal of deconstructing cultural beliefs which cause gender inequality and the sexual division of labour, others have more specific and short-term goals to increase female labour force participation.