Las desigualdades de género al descubierto

Publicado el 20 de marzo 

En un momento de efímera lucidez, Daenarys Targaryen decide acompañar a Jon Snow para derrotar al Rey de la Noche, ante la comprensión de que las riñas por el Trono de Hierro se desdibujaban ante la emergencia de una amenaza mayor.

El avance del COVID-19 nos está obligando postergar discusiones diarias sobre políticas públicas. Tal como se evidencia en Argentina, el virus no reconoce jurisdicciones ni áreas de competencia, y nuestros gobiernos están demostrando una madurez política asombrosa en el abordaje conjunto que llevan a cabo.

Sin embargo, la pandemia también desnuda los problemas irresueltos de la sociedad. El riesgo radica en que las medidas excepcionales puedan resultar un remiendo de tela nueva en un vestido viejo. La oportunidad consiste en aprovechar la luz que la situación echa sobre las desigualdades que nos atraviesan.

El caso paradigmático es la desigualdad de género. Los datos preliminares muestran que la tasa de mortalidad es mayor entre los varones que entre las mujeres, hipotéticamente como consecuencia de diferencias de género en los sistemas inmunológicos o debido a patrones diferenciales de consumo de tabaco. Sin embargo, las implicancias sociales, tanto de la pandemia como de las respuestas de política, ponen claramente en desventaja a las mujeres. Esto es así por varios motivos.

En primer lugar, los sectores laborales que están haciendo frente a los casos están altamente feminizados. Profesionales de la medicina, personal de limpieza y perfiles de investigación biológica muestran una sobrerrepresentación de mujeres, que están expuestas al contagio, trabajan jornadas extendidas y extenuantes, no siempre con todos los insumos críticos a disposición. Esto es un fenómeno global que también se espeja en Argentina.

En segundo lugar, la posibilidad de cumplir con el aislamiento social es muy remota para quienes están inmersos en el sector informal de la economía. En Argentina, apenas el 50% de los y las trabajadores tienen acceso a licencias remuneradas por maternidad o paternidad, y están excluidos los trabajadores informales e independientes y autónomos. Para estos trabajadores el aislamiento social implica pérdida de ingresos sustanciales. La informalidad incide más sobre las mujeres, por lo que ellas están más expuestas a estos déficits de protección social. El caso más ilustrativo es el del empleo doméstico. De los casi 900.000 trabajadores de casas particulares, el 98% son mujeres y el 75% son informales. Las empleadas domésticas se ven en la disyuntiva (que muchas veces deciden sus empleadores) entre seguir trabajando y convertirse en vectores de circulación del virus o perder las remuneraciones.

En tercer lugar, las medidas para afrontar la pandemia también tienen consecuencias diferenciales según el género. La suspensión de las clases y la reducción de la circulación impacta directamente sobre la carga de cuidado que enfrentan las familias. Hacia adentro de los hogares, este trabajo adicional recae de forma casi exclusiva sobre las mujeres, como consecuencia de un pacto implícito de género que vulnera su autonomía económica. Ya hace años, investigaciones de frontera señalaban que la revolución de género seguirá estancada si los varones no se suman a través de una mayor participación en el cuidado y en trabajos tradicionalmente considerados “femeninos”.

Finalmente, hay que tener en cuenta las consecuencias no intencionales del aislamiento social, atendiendo a lo que aprendimos durante epidemias anteriores. Existe evidencia de que el estallido del ébola en África aumentó la incidencia de los embarazos en adolescentes y también la probabilidad de la interrupción de trayectorias educativas en las mujeres. Las restricciones a servicios de salud sexual y reproductiva y la naturalización de las mujeres como cuidadoras pueden tener impactos sobre la inserción social incluso cuando la propagación del COVID-19 merme.

Las recomendaciones propuestas en El Género del Trabajo, publicación insignia de CIPPEC sobre igualdad económica de género, son más acuciantes que nunca. La tormenta que atravesamos hace tambalear nuestras estructuras, pero también nos ayuda a identificar en dónde deberemos hacer arreglos una vez que salga el sol.

 

Autores


José Florito

Coordinador de Protección Social

Matilde Karczmarczyk

Analista de Protección Social

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