Una prueba de estrés para la gobernanza mundial

La pandemia del COVID-19 está poniendo a prueba las capacidades de reacción de los gobiernos nacionales y los arneses de un sistema global que se está empezando a resquebrajar. No solo plantea la pregunta sobre cómo debe organizarse el mundo contra esta nueva amenaza. También trae consecuencias sobre la forma en la que se percibe a la globalización y al futuro de la cooperación internacional.

El retorno del Estado nacional

Hace unos pocos años, distintos académicos y expertos internacionales comenzaron a sugerir que los Estados se estaban volviendo menos relevantes en los asuntos mundiales y que otros actores políticos (como las ONGs, corporaciones multinacionales, y las ciudades) cobraban un mayor peso. Había dos opciones contradictorias para el futuro de la gobernanza: un nuevo modelo descentralizado y local, coordinado a través de acciones facilitadoras de organismos como la ONU, o un paradigma en el cual el sector privado y el tercer sector participaran más activamente en las estructuras globales. Sin embargo, esta nueva crisis mundial nos muestra que los Estados siguen siendo los principales actores de la política global contemporánea. Cuando surgen nuevos peligros, las personas buscan a los gobiernos nacionales para protegerse. Incluso con el apoyo y la puesta en valor de agencias técnicas como la Organización Mundial de la Salud, son los Estados en definitiva quienes deciden si los niños, niñas y adolescentes tienen que ir a la escuela, si podemos tomar un vuelo o si debemos aislar ciudades enteras.

Este redescubrimiento de los Estados nacionales no le quita relevancia a la gobernanza mundial. Los esfuerzos más amplios son necesarios y sabemos que la cooperación es posible. Contamos con normas e instituciones que le permiten a los Estados cooperar cuando les interesa hacerlo. Sabemos también que, con todos sus desafíos, la globalización tuvo resultados positivos. Pero la cooperación internacional es a menudo frágil y el aislacionismo está en aumento. Cada vez hay más personas como los defensores de Brexit en el Reino Unido, dispuestas a cambiar apertura por autonomía.

En ese marco, el COVID-19 parece estar contribuyendo a acelerar los procesos des-integradores. Estados Unidos lleva la delantera en el unilateralismo y Europa no logra dar respuestas coordinadas -varios de sus Estados miembros han recurrido incluso a estrategias individuales y poco solidarias. En América Latina, la pandemia se desata luego de un 2019 de conflicto social que puso en juego la legitimidad de muchos gobiernos (Ecuador, Chile y Bolivia son solo algunos ejemplos) y por ahora denota la inexistencia de una coordinación supranacional: más allá de contactos informales entre gobiernos, no se han activado aún mecanismos regionales para afrontar el problema.

Mientras tanto, algunos dirigentes comienzan a mirar a China como un líder internacional para hacer frente al virus. Este nuevo panorama geopolítico podría beneficiar al posicionamiento del país y su capacidad para construir poder blando.

El tironeo entre la necesidad global de cooperación y reacciones aisladas puede derivar en resultados extremos, pero es probable que nos quedemos en algún lugar en el medio. Tal vez el producto sea entonces lo que algunos llaman globalización fracturada, con asociaciones más compactas o incluso acuerdos fragmentados, bilaterales o regionales.

Todavía no está cerrada la historia y este desafío nos recuerda la importancia de la cooperación para gestionar desafíos transfronterizos. Esperemos que esta situación nos convoque a repensar la globalización antes que a terminarla.

Autor


María Belén Abdala

Coordinadora de la Dirección Ejecutiva

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