El futuro de la política luego del Covid-19

Una noche de insomnio de esta cuarentena me desperté soñando que en el balcón de mi casa aparecía una máquina para viajar en el tiempo. No recordé a dónde iba ni si me transportaba hacia el futuro o al pasado. Pero me desvelé imaginando a dónde me gustaría haber viajado. Por ejemplo, imaginé ir al futuro, no muy lejano: a ese año gastado ya para la futurología que es 2030. Dos interrogantes me gustaría que la máquina me ayudara a despejar, si pudiera llevarme una década hacia adelante: ¿fue la del Covid-19 la primera de una serie de pandemias intermitentes con las que nos acostumbramos a convivir? Y dos, ¿cuál de los muchos rasgos que parecen únicos de esta pandemia va a sobrevivir?

Como politóloga, no puedo ensayar ninguna respuesta al primer interrogante; solo preocuparme por las consecuencias que tendría esa nueva normalidad. Pero hay un aspecto del Covid-19 que aventuro vamos a recordar: el hecho de que esta pandemia coincidiera con un momento histórico de transformación del capitalismo global : del modelo Detroit al modelo Silicon Valley, como los llamó el politólogo español Carles Boix. Imagino que 2020 quedará en los libros de historia como el final de la transición hacia la economía intangible de los datos y la inteligencia artificial.

Vivir en la nube, o más precisamente, la digitalización de la economía y por ende de la sociedad, es un proceso que lleva pocas décadas y se acentuará con la llegada del Covid-19 por dos razones: porque fuerza el trabajo a distancia y porque aumenta los consumos digitales en el hogar. Y con eso, continuará el tránsito hacia la intangibilización de la producción en la economía mundial. En 2019 el capital intangible ya había duplicado el generado por el tradicional capital físico. Sabemos que esto para la Argentina es un enorme desafío: la participación argentina en las exportaciones de servicios en el mundo es de solo 0,25% del total.

Si bien muchas consecuencias del capitalismo Silicon Valley para el mundo laboral ya eran evidentes antes de la pandemia -especialmente las que derivan de la automatización-, este virus nos sorprendió a tientas sobre cuáles son las mejores respuestas de la política ante esos cambios y a oscuras sobre cómo se transformarán las instituciones, tanto a nivel doméstico como en la gobernanza global. La exponencialidad de la transformación digital nos lleva a imaginar cambios también exponenciales en las instituciones post Covid-19, pero aún es muy temprano para conjeturar si prevalecerá el mantra de “crisis como oportunidad” o el más modesto de “no toda crisis es un punto de inflexión”.

Mientras no tengamos una máquina del tiempo, una forma de conjeturar sobre el impacto de esta pandemia en el futuro de la política es preguntarnos si el Covid-19 significará un acelerador, un freno o un cambio de rumbo en las tendencias en la gobernanza global que ya observábamos antes de que apareciera el primer infectado. Me voy a referir a cuatro tendencias.

La primera tendencia es sobre quién gobierna el mundo: si Occidente u Oriente. Si en los años 80 Tears for Fears cantaba que “Todos quieren gobernar el mundo”, en los 2020 deberían decir “Ey, China, ahora te toca a vos”. El coronavirus parece ser un acelerador del deterioro en el liderazgo de Estados Unidos. Si bien su poder blando sigue siendo fuerte, es la primera crisis en décadas en que Estados Unidos deja su rol de líder global y no utiliza la crisis para proyectar prestigio y legitimidad. China busca ocupar ese lugar con la pandemia pero aún no es claro cómo eso impactará en la gobernanza multilateral . Esta pandemia mostró algo que parecía impensado hace meses: que casi todos los gobiernos, sean democráticos o autoritarios, comparten un valor en común: poner la vida humana por encima del efecto económico inmediato. Pero eso no redundó en mayor coordinación entre gobiernos nacionales (sí a nivel subnacional), sino en una coordinación a niveles nunca antes visto entre la comunidad científica y entre entes no estatales.

Sobresale como rasgo distintivo de esta pandemia el alto nivel de cooperación entre corporaciones privadas; por ejemplo, la acción conjunta entre Google y Apple para facilitar el funcionamiento de las apps de trazabilidad.

La concentración del poder económico en grandes empresas tecnológicas y la pérdida del peso relativo de las pequeñas y medianas empresas es la segunda tendencia. Así como el Covid-19 acelera la digitalización, también hay signos de que acelera esta concentración. No sabemos cuánto cambiará la gobernanza multilateral pospandemia (¿habrá una reforma a la OMS?), pero sí sabemos que los gobiernos convivirán con poderosos jugadores globales en el mercado. Esto es un llamado de atención para los gobiernos con baja capacidad de negociar reglas de juego con los grandes jugadores.

Crecientes desigualdades sociales con un fuerte impacto territorial cada vez más al interior de los países -y no solo entre países- es la tercera tendencia. El coronavirus parece ser también acelerador de la desigualdad, sobre todo si no se logra revertir rápido la depresión económica que se avecina. La aceleración de la desigualdad también se verá en los mapas post Covid-19. Pensemos, por ejemplo, en las desigualdades para acceder a la educación digital o al teletrabajo. Según un estudio reciente de Ramiro Albrieu, en la ciudad de Buenos Aires casi un 50% de los trabajos son potencialmente teletrabajables, mientras que en Tafí Viejo o La Banda lo son la mitad. Una buena noticia: los gobiernos nacionales y locales tienen gran capacidad de incidir en esta tendencia a través de políticas de formación de habilidades y de inversión en infraestructura tecnológica. Pero los intendentes estarán en una encrucijada: deberán asumir mayores responsabilidades durante la pandemia, en un contexto de mayores desigualdades entre municipios y regiones.

La cuarta tendencia es un corolario natural de las anteriores: hubo en los últimos años a nivel global un deterioro del componente liberal de las democracias y un resurgimiento de los nacionalismos. El combo de desconfianza en la política, baja participación electoral y polarización venía siendo una bomba de tiempo no atendida. ¿Qué ocurrirá tras el Covid-19? Todavía es temprano para saber. En el cortísimo plazo, pareciera que el club del avestruz (así llamó alguien a los populistas, por su actitud de esconder el problema) perderá terreno por mala performance y las instituciones democráticas saldrán fortalecidas. En el mediano, hay señales para imaginar que el efecto será al revés; la pandemia reforzará aquello que provocó el surgimiento de líderes populistas y nacionalistas: desigualdad y bajos niveles de cohesión social. El Covid-19 podría acentuar la tendencia a la polarización y al mayor decisionismo en los liderazgos. También, una nueva ola de judicialización: no sabemos si las chances de reelección de Donald Trump aumentarán por el virus pero sí que la probabilidad de que se judicialice la elección es muy alta.

En este contexto, la potencial aplicación de Inteligencia Artificial para mejorar la provisión de servicios es menos importante que su uso para fomentar la rendición de cuentas y la transparencia en la gestión. Así como en el ajedrez, tras lamentarnos porque la máquina Deep Blue le ganó a Kasparov, logramos construir el ajedrez centauro (mitad humano, mitad artificial), el gran desafío aquí será construir una democracia híbrida que signifique una democracia aumentada y no menos democracia.

El Covid-19 parece ser un poderoso acelerador de tendencias ya existentes. En mi próximo viaje en el DeLorean espero verificar algunas de estas conjeturas. Pero me tienen que esperar a 2021, cuando, según anunciaron, se vuelva a fabricar.

Autor


Julia Pomares

Directora Ejecutiva

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