Las empresas argentinas presentan dificultades para absorber las nuevas tecnologías y traducirlas en ganancias de productividad

La Cuarta Revolución Industrial recorre el planeta y abre una oportunidad única para la Argentina. Tras décadas de frustraciones y atraso, debería ser la meta que nos convoque detrás de un objetivo común. Solamente abrazando la economía del conocimiento del siglo XXI podremos dar un salto cualitativo en nuestro desarrollo productivo, educativo y social, y dejar así atrás años de decadencia.

La humanidad enfrenta desafíos enormes ante la megarrevolución impulsada por la convergencia de múltiples tecnologías. Se estima que en poco tiempo no solo se transformará el sistema económico global a la velocidad de la inteligencia artificial, la robótica, la ingeniería genética, la nanotecnología, las neurociencias, las impresoras 3D y la internet de las cosas, sino que cambiará dramáticamente la manera en que vivimos, nos organizamos social y políticamente, aprendemos, trabajamos, nos reproducimos y amamos. Pero ¿qué significa todo esto?

El sector automotor, por ejemplo, símbolo de la industrialización del siglo XX, está en plena “disrupción”, palabra emblemática de estos tiempos. El presidente de Mercedes-Benz en Alemania ha dicho que sus rivales ya no son las automotrices tradicionales, sino Tesla, Google, Apple y Amazon. Estas compañías tecnológicas están inventando los autos del futuro: eléctricos, sin chofer y conducidos por software de inteligencia artificial. El ideal de un auto por persona o por familia tenderá a desaparecer. Además de caro es antiecológico. Un dato clave: los jóvenes norteamericanos a los 16 años ya no corren a sacar el registro. Apenas lo hace el 16%.

Los robots avanzan velozmente. Ya fue creada una androide que habla en televisión, da conferencias y responde a preguntas del público que no han sido pautadas previamente. Sofía -así se llama- es bonita, de ojos claros, inteligente y sensible. Asegura que quiere usar su inteligencia artificial para mejorar el mundo. En Arabia Saudita el rey le otorgó la ciudadanía saudí. Las mujeres musulmanas y los inmigrantes pusieron el grito en el cielo. ¿Por qué un robot tendrá más derechos que personas de carne y hueso como ellos?

En el mundo del trabajo, ya nadie duda de que los robots y las computadoras que aprenden por sí mismos desplazarán a gran parte de los humanos de sus actuales trabajos, mientras surgen nuevos oficios aún desconocidos. Todas las industrias y servicios tenderán a digitalizarse o correrán el riesgo de desaparecer. Es lo que se llama la Industria 4.0. La educación básica y universitaria está en plena reinvención.

Algunos avances de la biogenética son muy perturbadores. En China nacieron las mellizas Nana y Lulu modificadas genéticamente cuando eran embriones. El científico responsable dijo que les cambió un gen para evitar que adquirieran el virus del VIH. Las autoridades chinas y científicos de otros países se indignaron porque la manipulación genética en humanos no está permitida. Se desconocen sus consecuencias biológicas y éticas. Muchos expertos vaticinan que estamos a las puertas de una inédita mutación de nuestra especie y un cambio de civilización.

¿Fusión entre humanos y robots? ¿Bebes diseñados en laboratorios? ¿Una elite de superhombres y androides controlando todo, mientras gran parte de los humanos deviene irrelevante? Jeff Bezos, creador de Amazon y el hombre más rico del mundo, acaba de anunciar su sueño de fundar ciudades en otros planetas. Elon Musk, inventor de los autos eléctricos Tesla, también quiere colonizar el espacio. Con su empresa de naves espaciales espera trasladar un contingente humano más allá de la Tierra para asegurar la supervivencia de nuestra especie en caso de un cataclismo ecológico. Parecen historias de ciencia ficción, pero es lo que están debatiendo los países desarrollados.

Aprovechar las oportunidades

Es probable que muchas de estas predicciones no sucedan, pero gran parte sí. Como ocurrió en las revoluciones industriales anteriores, se estima que las naciones que anticipen estos procesos e incorporen la disrupción tecnológica a sus procesos sociales y productivos podrán aprovechar las oportunidades y minimizar las amenazas.

¿Los argentinos nos estamos preparando para el mundo que viene? La primera revolución industrial surgió en el siglo XVIII, con la invención de la máquina a vapor, que permitió mecanizar la producción y el transporte. La segunda se produjo un siglo después, con la aparición de la electricidad y la producción en serie. La tercera fue la revolución digital. Comenzó en 1960 con las grandes computadoras y siguió con los semiconductores, las computadoras personales y el surgimiento de internet. La cuarta revolución empezó a principios de este siglo y está impulsada por la convergencia de múltiples tecnologías que se potencian unas a otras a una velocidad y magnitud “exponenciales”.

Los países que no logren insertarse en esta revolución global como productores y no solo como consumidores de innovación tecnológica quedarán a la deriva. En la Argentina, Martín Rapetti, director del Programa de Desarrollo Económico de Cippec, y su equipo están realizando estudios y mesas redondas para identificar las políticas públicas que permitirían a nuestro país prepararse para las transformaciones en marcha.

“La evidencia histórica demuestra que en cada revolución industrial aumentaron a nivel global el trabajo, los salarios reales y la producción. Pero hubo países ganadores y perdedores”, señala Rapetti. “La Argentina tendió a ubicarse en el grupo de los perdedores: las sucesivas revoluciones tecnológicas fueron períodos de rezago relativo para el país. Principalmente por la incapacidad de buena parte de las empresas y trabajadores para absorber completamente las nuevas tecnologías y traducirlas en ganancias de productividad”, añade el especialista.

Esta es una de las causas por las que nuestro país, que hasta mediados del siglo XX parecía destinado a convertirse en una nación de clase media industrializada, se quedó a mitad de camino. En varios documentos de Cippec, Rapetti y Ramiro Abreu recomiendan que el gobierno y el sector privado encaren en conjunto políticas de reconversión productiva, laboral y educativa como están haciendo Alemania, Estados Unidos, China, Francia, Suecia y otros países ante las exigencias de la industria 4.0. Un dato alarmante: estiman que hoy solo el 16% de los trabajadores argentinos cuenta con las habilidades necesarias para la economía basada en el conocimiento.

Rapetti afirma que la Argentina está atrapada en lo que él llama la economía del “día de la marmota”. Al igual que el protagonista de esa famosa película Hollywood, que queda atrapado en un bucle temporal y cada mañana se despierta para vivir el mismo día, los argentinos estamos atascados desde hace décadas en una economía estancada, de baja productividad, que cae una y otra vez en altos déficits, inflación, crisis cambiarias y recesión. “La Argentina tiene que producir y exportar mucho más para salir de este bucle de estancamiento crónico. Un sector clave es el de servicios del conocimiento, software, tecnología y servicios profesionales”, repite con estadísticas en mano.

Un sector con potencial

En los últimos 20 años este sector fue el que más creció. Emplea a 435.000 personas, exporta US$6000 millones al año y es el segundo generador de divisas después del complejo agroindustrial. Por la calidad de nuestros científicos, emprendedores y profesionales, la Argentina podría duplicar las exportaciones y el empleo en diez años.

Recientemente, la Cámara de Diputados dio media sanción -con solo dos votos en contra- a un proyecto de ley para promover las industrias del conocimiento. En medio de las feroces disputas electorales de estos días, que solo hablan del pasado, fue una bocanada de aire fresco. Se espera que el Senado apruebe esta ley el próximo miércoles 22 de mayo.

Mientras se discutía el proyecto en las comisiones de la Cámara baja, un joven emprendedor de la industria espacial que fue a exponer explicó que, además de prevenir la conocida fuga de cerebros (éxodo de científicos y profesionales calificados), la ley evitaría otra sangría mayor: la fuga de empresas.

“¿A qué se refiere?”, preguntó un diputado. Federico Jack, director de operaciones de Satellogic, la empresa argentina que ha puesto en órbita novedosos nanosatélites con nombres tan criollos como Manolito, Fresco y Batata, y Milanesat, respondió: “Hace poco estuvimos en China y el gobierno nos ofreció todo tipo de facilidades para mudarnos allá. Pero nosotros queremos quedarnos aquí. Esta ley es un aliciente”.

El joven no lo dijo, pero durante los años del cepo financiero Satellogic se vio obligada a radicar su fábrica en la zona franca de Montevideo, ya que era imposible asegurar la producción y exportación de satélites desde la Argentina.

Marta Cruz, socia de NXTP Labs, compañía que invirtió en Satellogic y otros emprendimientos innovadores, al exponer en Diputados, también señaló que en años recientes la legislación argentina expulsó empresas innovadoras. “Nosotros invertimos en CargoX, una plataforma y aplicación digital que conecta a camioneros con clientes corporativos y particulares. Pero el fundador, que es argentino, tuvo tantos problemas aquí que se radicó en San Pablo. Hoy es una de las tecnológicas más valiosas de Brasil y de América Latina”, acotó Cruz.

Ser protagonistas de la Cuarta Revolución Industrial que vive el mundo exigirá un enorme liderazgo político, profundos acuerdos entre empresarios y sindicalistas y una gran visión de toda la dirigencia social. Es una tarea titánica. Pero es urgente y necesaria.

Autor


Martín Rapetti

Director de Desarrollo Económico

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