Si bien la estabilidad macro es crucial para la generación de empleo, además deben existir medidas para promover la formalización

Analía trabaja por horas en casas de familia y Marcelo tiene una pensión por invalidez. Todos los sábados y domingos desde hace cuatro años van a la feria cordobesa del parque Las Heras, en la capital cordobesa, a vender ropa usada. Él se encarga de pedirla, la acondicionan y la llevan. Cada prenda vale entre 20 y 50 pesos y, en un “buen” fin de semana sacan unos $1500. “Antes tenía más changas; me llamaban para mudanzas o para algún trabajito de albañil, pero ahora está más difícil”, cuenta a LA NACION.En el parque hay unos 2400 puesteros que venden ropa y calzado nuevos y usados en mejores y peores condiciones, mercadería que es comprada a mayoristas y revendida a mejores precios que en un supermercado, muebles en desuso, artesanías. Hay de todo. Este año, la cantidad de vendedores aumentó un 20%. La feria nació hace ocho años y lo que más creció es todo el segmento de “segunda mano”.Una situación que se repite en la mayoría de estos formatos en el país.

José Florito, coordinador del área de Protección Social del Cippec explica que en las crisis, además de haber una caída en la cantidad de empleos formales disponibles, crece el número de personas que buscan trabajo. Y, en un contexto de inflación, quien se propone ser el segundo trabajador de un hogar pero no consigue una oportunidad, suele desarrollar “estrategias para complementar ingresos, aunque con déficit de protección social” y con pocos recursos.

Desde el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), Santiago Poy aclara que la “informalidad” tiene muchas acepciones, entre ellas la de las formas desplegadas para “proveerse un ingreso en contextos muy recesivos”.Es una búsqueda de ingresos, ya sea porque se perdieron los se tenían, o porque los que hay no alcanzan. “El mercado de trabajo se precariza y ganan fuerza inserciones como la changa, la venta ambulante, los micronegocios”, apunta.

La “informalidad de subsistencia” tiene una relación “absoluta” con la pobreza, sostiene Poy. Y afirma que, cuando se analizan los datos de la pobreza, siete de cada diez hogares que están inmersos en esa situación tienen trabajadores informales. “Todos nos sentimos más pobres, pero caer por debajo de la línea de pobreza es otra cosa; es algo más dramático”, indica Poy.Estela es trabajadora doméstica y su esposo limpia vidrios. “Mi patrona y sus amigas me ayudan dándome ropa y cosas que puedo vender -cuenta-. Ahora, con el aguinaldo compré algunas cosas y las traje. Esto sirve para ?pucherear’, pero cada vez está peor”. Los vendedores de ropa de segunda mano coinciden en que cada vez se consiguen menos donaciones y en que personas que tienen el “placard lleno con ropa que no usan, vienen y se ponen una mesita”.

En aumento

Desde la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME), Fabián Hryniewicz plantea que en la entidad registran un “aumento de la informalidad en todas sus facetas”. En particular “en el interior y en el interior del interior”.El dirigente describe que la tendencia abarca “a todos los rubros” y no solo al de venta de ropa.

El último mapa de la “Argentina ilegal” elaborado por la CAME en el primer cuatrimestre de este año indica que la evasión solo por IVA e Ingresos Brutos ronda los $33.000 millones: “Hay una diferencia con la crisis del 2001; en ese entonces era más fuerte el trueque que la ‘ilegalidad para sobrevivir’, que nos preocupa porque también daña a los comercios formales”.A su criterio, esa diferencia es porque “en cada crisis hay menos expectativas de poder salir adelante por vías normales”. Advierte, también que este tipo de comercio no solo es un escape para quien vende sino también para quien adquiere: “Para una familia numerosa no es lo mismo comprar una remera a $150 que a $400; la Argentina es un país caro”.

Javier Lindenboim, especialista en economía laboral de la Universidad de Buenos Aires, coincide con otros analistas en que cuando las condiciones del mercado laboral se ponen más tensas y los ingresos no satisfacen, “lo que queda es salir a buscar otros recursos”.

El economista reconoce que no siempre la caída del número de asalariados protegidos va acompañada de una suba de la cantidad los desprotegidos. Recuerda que hasta inicios de 2018 aumentó el empleo registrado público y privado y, al mismo tiempo, el precario.Después del primer cuatrimestre de ese año no dejaron de caer los puestos formales y de subir los informales.

Poy destaca que hay diferencias -más allá de las estrategias usadas por los sectores más vulnerables- con la crisis de 2001, que fue “peor” en términos macro.Y, además, afirma que “hay más recursos del Estado” destinados a protección social que en aquel momento. Florito recuerda que en 2001 la tasa de informalidad entre los asalariados alcanzó el 50%. Ese nivel se redujo con políticas redistributivas pero, según enfatiza, es la estabilidad macro la que más aporta a la generación de empleo, aunque debe existir una estrategia de fiscalización y de medidas tendientes a promover la formalización.”Desde principios de los 70 crece la informalidad en el país -agrega Fiorito-.La ‘economía de las sombras’ asume diferentes modalidades. Los emprendimientos de subsistencia son una estrategia de supervivencia para cubrir la canasta básica; dejarlos a la deriva no es bueno”.

En esa línea, dice que no sirve quitarles lo que tienen para vender, porque “no van a dejar de hacerlo al no tener otros ingresos. El Estado debe hacer una intervención para lograr una solución sustentable, incorporar a la persona con alguna herramienta, hacer una conexión de mercados más amigable, capacitar, aumentar la empleabilidad”.

Poy admite que el mayor desafío es lograr que no haya una parte de la población en condiciones de trabajar en un sector de punta y otra parte aislada: “Hay que focalizarse en generar un entramado socio productivo. Para la economía popular, por ejemplo, desarrollar centros de acopio, promover el artesanado”. Y apunta un dato preocupante: desde mediados de los 2000 un tercio de los jóvenes no termina el secundario, algo que acrecienta el desafío, si se busca evitar que siga habiendo una sociedad fragmentada.

Autor


José Florito

Coordinador de la Dirección Ejecutiva

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