En elecciones de medio término no hay incentivos para coaliciones

Como si la política quisiera ocultarse también el día del acto electoral, en las boletas que hoy estarán en el cuarto oscuro de la mayoría de las provincias habrá mucho frente, encuentro, renovación, avance y cambio, pero pocos partidos políticos. Otro desafío: encontrar una alianza en la provincia de Buenos Aires que existiera antes de estas PASO (Cambiemos, sí, que nació en…2015).

Hablar de PJ o UCR, y que eso defina una identidad y un programa, con coherencia y estabilidad, suena a un pasado que no volverá. Sin embargo, pensar que los partidos políticos son material para arqueólogos puede ser un error: no se han extinguido. Se transformaron, sí: de instituciones sólidas, nacionales y programáticas que enviaban señales claras al electorado pasaron a ser con más frecuencia facciones que siguen a un líder, se arman y desarman según necesidades electorales, con un discurso menos específico y más ambiguo como para no dejar a nadie afuera.

Estallado en pedazos desde 2001, el “sistema de partidos” argentino multiplica boletas, sellos y alianzas que confunden a los votantes, lo que tiene otras consecuencias de peso, pasada la elección: menos control de los representantes, más complicaciones en la negociación legislativa, más poder para el partido o el frente que esté en el gobierno, que es el único que termina por ejercer alguna coordinación nacional (le pasó al kirchnerismo, le pasa ahora a Cambiemos). Sin embargo, con nuevo rostro, fronteras fluidas y enfrentando la desconfianza ciudadana, los partidos -que hasta los políticos rebautizaron como “espacios”- siguen cumpliendo funciones clave para la democracia.

“La noción de partido hoy oscurece más de lo que aclara -dice Carlos Gervasoni, politólogo y profesor del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la UTDT-. Cuando hablamos de partidos, imaginamos al PJ o al radicalismo como organizaciones, con un plan acordado, una estrategia, un programa y una autoridad central. Eso no ocurre.”

Como señalan muchos analistas, es cierto que los partidos tradicionales en la Argentina nunca fueron muy programáticos y siempre bastante flexibles. Cierto es también que la “crisis de los partidos” y de la representación ya es un lugar común en la enorme mayoría de las democracias contemporáneas. Tan cierto como que, en la Argentina, la continuidad democrática desde 1983 está dejando que afloren particularidades: un sistema de reglas muy permisivo para los partidos y una organización federal que favorecen la fragmentación.

Los partidos tradicionales, dice Gervasoni, atraviesan una “crisis de identidad”: “Han mandado señales ambiguas y contradictorias acerca de quiénes son y qué ideas representan. Que el PJ se haya movilizado para defender la candidatura de Menem en La Rioja después de haberlo demonizado es una señal contradictoria, en un partido que tiene un amplio rango ideológico, desde el perfil más conservador hasta lo que queda de un kirchnerismo de izquierda. Con la UCR pasa algo parecido sin tanta amplitud: distintos grupos estuvieron aliados a los K, al socialismo, a De Narváez, a Cambiemos.”

Tiempo de facciones

Como siempre, conviene anotar las excepciones. Existen en los extremos del espectro ideológico. En la izquierda, el Partido Obrero conserva el nombre, los principios y la actitud. Pro, integrante estelar de Cambiemos, es un partido del siglo XXI, pero un partido al fin. “Está bastante bien organizado, con una identidad clara, un comando central que unifica el discurso, una escuela de formación de dirigentes. Pero es un partido nuevo, y le puede pasar lo mismo que a los tradicionales. Además, tiene adentro muchos proyectos personales, que hoy están tácticamente con Pro pero podrían no estarlo mañana”, apunta Gervasoni.

Para el politólogo, más que de partidos es más adecuado hoy hablar de “facciones”: “Me refiero a un líder con seguidores que en general tiene base provincial (como sucede con algunos gobernadores) o prominencia nacional (como pasa con Carrió), que se desprende de su partido original, hace alianza con otro o crea un partido nuevo. Cambia la coyuntura y esas facciones se reorganizan. Cristina Kirchner se va del peronismo con su facción, Randazzo se queda con la suya, Massa crea el Frente Renovador, que no es mucho más que un vehículo electoral atado a su suerte en las urnas. Hablar hoy del PJ es forzar las cosas”.

Para Gerardo Scherlis, investigador del Conicet, profesor de la UBA y director de Reforma Política en el Ministerio del Interior, “los partidos dejaron de ser canales de representación sólida, ya no establecen vínculos fuertes ni permanentes en sociedades que por otra parte se han vuelto muy volátiles. Como dice Peter Mair, los partidos se adaptaron al establecer vínculos más coyunturales y débiles con sectores más amplios de la sociedad, y no tan sólidos y estrechos con un sector específico”.

Cuando Cambiemos elige como eslogan “Haciendo lo que hay que hacer” no sólo practica el minimalismo de campaña de la hora, también recoge un clima de época. “Los partidos hoy son evaluados por lo que hacen en el ejercicio del gobierno. No expresan valores ni canalizan demandas sino que gobiernan y por eso son evaluados. Los partidos subsisten si la ciudadanía ve que hacen un gobierno eficiente -dice Scherlis-. Esto va de la mano de algo más sistémico: tener una organización partidaria sólida era importante para participar en elecciones y gobernar. Hoy lo es menos. Organizar una institución y desarrollarla en el territorio no es tan relevante para ganar y para gobernar. Los partidos van a seguir existiendo, pero con un carácter más efímero, fugaz, coyuntural y frágil.”

Si no canalizan demandas, ¿quién lo hace? Respuestas posibles: organizaciones sociales, los medios, los ciudadanos movilizados en las calles para hacer visibles reclamos diversos, en agrupamientos tan espontáneos como volátiles. Quizás la transformación más estructural sea que en todas las democracias occidentales contemporáneas los partidos tienen que compartir el poder. Como escribió recientemente Tony Wright, ex legislador laborista británico, el escenario actual implica aceptar que “mientras los partidos necesariamente estructuran la vida política, eso no significa que también deben dominarla”.

En Estados Unidos y algunos países de Europa, con una historia de partidos políticos sólidos, el desmoronamiento de esas instituciones clave es particularmente visible (el caso de Emmanuel Macron, elegido presidente francés por ¡En Marcha!, un partido formado en 2016, es el caso más reciente). Allí, como en la Argentina, queda claro que la “crisis de los partidos” es más bien de la clase política y su distancia con los ciudadanos. Según la encuesta global de Ipsos 2016, realizada en septiembre de ese año a casi 18.000 ciudadanos de 22 países, en promedio sólo el 23% está “satisfecho” con la gestión del gobierno de su país (en la Argentina, el 28%) y el 71% cree que el gobierno no prioriza las preocupaciones de las personas (aquí es el 63%).

En el país, en tanto, existen particularidades que favorecen la fragmentación. “Hay fuerzas causales que existieron siempre, pero desde 1983 se desplegaron: por un lado, reglas muy permisivas para los partidos, que permiten armar alianzas, cambiarlas, que un candidato se vaya de un partido y compita por otro, las listas colectoras -apunta Gervasoni-. Por otro lado, el federalismo: el foco de la competencia electoral está en las provincias, lo que impulsa un sistema de facciones, que vienen evitando usar el nombre del partido nacional y no están ancladas a él. Eso les da flexibilidad para luego tejer alianzas con el gobierno nacional.” Chaco Merece Más, Evolución Ciudadana, Somos Mendoza, Frente Cívico por Santiago, Juntos Podemos Más (en Corrientes) o Somos San Juan, por citar algunos frentes que compiten en las PASO de hoy, son ejemplos.

En ese sentido, una investigación realizada por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) mostró cómo las etiquetas partidarias anticipan poco sobre los alineamientos de candidatos con el gobierno nacional: durante el kirchnerismo hubo gobernadores radicales alineados al gobierno nacional y, al revés, gobernadores peronistas no alineados con el kirchnerismo.

Federalismo sin coordinación

“El kirchnerismo tomó buena nota de cómo se habían fragmentado los partidos grandes El acuerdo con los gobernadores era: ‘Vos hacés las listas para el legislativo provincial, pero yo pongo los candidatos para el Congreso’. Antes de 2001, esa coordinación la hacía el partido. Hoy, los partidos ya no median en las negociaciones entre presidente y gobernadores. Y por eso la dinámica del Congreso también cambió: los jefes de bloque, que solían ser muy poderosos, hoy ya no son conocidos”, señala Nicolás Cherny, director del área de Instituciones Políticas de Cippec.

Que los partidos pierdan poder de coordinación nacional tiene efectos concretos. “Los partidos con poder de articulación en todo el país y cohesionados moderan el margen de maniobra de las élites provinciales. Con la fragmentación y el debilitamiento de la capacidad de organización nacional florece el federalismo sin coordinación: los gobernadores quieren mandar a sus representantes al Congreso y se da esa negociación bilateral con el presidente”, apunta Cherny. “Otra consecuencia es que cobran fuerza los oficialismos. Ser gobierno te da ventajas y recursos para el despliegue territorial, el financiamiento de una estructura militante y el mantenimiento de la cohesión. Además, mientras le vaya bien al gobierno, el líder mantiene su popularidad. En otras palabras, en este escenario de crisis, tienen más chance de sobrevivir los partidos que están en el gobierno nacional.”

Para Cherny, las elecciones de este año expresan cambios que venían sucediendo y que los doce años de kirchnerismo dejaron en sombras. “En las elecciones de medio término sólo el oficialismo nacional es capaz de una organización nacional. En las presidenciales sí hay incentivos para lograr coaliciones.”

La consecuencia llega rápido: si para sobrevivir un partido necesita estar en el gobierno, y si estando allí se fortalecen sus chances de ganar elecciones, la competencia electoral se debilita. No es el único riesgo. “Una democracia sin partidos estables y reconocidos pierde un elemento de su calidad. Los partidos han funcionado en democracia como un control sobre sus líderes. En América Latina, por ejemplo, varios intentos reeleccionistas fueron limitados más por sus propios partidos que por la oposición (el Frente Amplio uruguayo, la re-reelección de Menem, Cardoso en Brasil) -dice Scherlis-. El partido es una institución que garantiza mayor nivel de rendición de cuentas en términos verticales, y control a los propios liderazgos. En partidos formados por líderes que ponen la organización partidaria a su servicio, eso se pierde.”

Gervasoni suma otras consecuencias preocupantes. “Estas facciones y pedacitos de partidos son poco programáticos y crean un ambiente de política muy táctica, muy de conseguir cargos. Además, complica las cosas a los votantes. La oferta electoral es muy confusa y basada en individuos más que en propuestas e ideas.”

Sin embargo, y aunque la mayoría de los analistas pronostican que el tiempo de los partidos fuertes ya pasó, nada es totalmente predecible. Según un trabajo de Gervasoni, que integrará el libro Party Systems in Latin America. Institutionalization, Decay, and Collapse, compilado por Scott Mainwaring, de próxima publicación, en las últimas tres décadas el sistema de partidos en la Argentina se erosionó, pero no colapsó a la manera de otros países latinoamericanos. Dos razones lo explican: el PJ, que a pesar de sus inconsistencias programáticas es un “partido de políticos de carrera que dominó la presidencia, ambas cámaras legislativas y la mayoría de las gobernaciones por casi todas las tres últimas décadas”. Otra, que mientras en la ciudad de Buenos Aires, y provincias como Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires se vivieron cambios turbulentos, en muchas provincias pequeñas, poco influyentes en las elecciones, el sistema de partidos se mantuvo relativamente estable en los últimos treinta años.

Como dijo Aníbal Pérez-Liñán, profesor de la Universidad de Pittsburgh, en una mesa del Congreso de la Sociedad Argentina de Análisis Político realizado hace días, el desafío de fondo pasa por resolver “la tensión entre construir acuerdos de largo plazo y a la vez diferenciar las etiquetas partidarias”. Mucho más que la habilidad de negociar lugares en las listas.

Autor


Nicolás Cherny

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