¿Madre hay una sola? De Marge Simpson a Doña Florinda #Díadelamadre

¿Qué tienen en común Marge Simpson, Catelyn Stark, Moni Argento, Molly Weasley, Lucía Campanelli y Morticia Addams? Sus estilos de crianza no podrían ser más distintos. También sus personalidades. Ni hablar de sus hijos/as y el vínculo que tienen con ellos/as. Todas son madres, es cierto. Y todas, de cierta forma, representan un recorrido muy similar en la maternidad. Se trata de mujeres que integran familias nucleares (una pareja que vive con sus hijos/as). Su ocupación principal, en las series, piezas literarias o películas en las que tienen roles estelares, parece estar limitado al “ser madre”.

En Argentina, la mayoría de las mujeres son madres[1]. El 78% de las mujeres de entre 35 y 45 años convive con al menos un hijo/a[2]. El 97% de los niños, niñas y adolescentes conviven con sus madres[3]. A diferencia de lo que ocurre en la ficción, esta mayoría de mujeres argentinas no llegan a la maternidad con el mismo recorrido. Existe una diversidad respecto del momento en el que son madres por primera vez, de las configuraciones familiares en las que viven, y de los recursos con los que se cuenta para criar a sus hijos/as, entre otros aspectos. Es enorme la multiplicidad que existe en la realidad acerca de las formas de experimentar la maternidad y de ejercer el derecho a cuidar.

Mujeres de entre 15 y 45 años que son madres según grupo de edad. Áreas urbanas, Argentina 2018

Fuente: elaboración propia en base a ENGHo-INDEC (2017-2018)

Marge Simpson nunca pudo terminar su carrera universitaria en arte y literatura. La ficción tiende a tener una representación bastante precisa del impacto que tiene la maternidad en los estudios de las madres. Para muchas mujeres conciliar el estudio con la crianza fue una misión imposible. 4 de cada 10 madres que conviven con sus hijos/as en edad escolar no completó el tramo de escolarización obligatorio. Cuanto más jóvenes fueron madres y cuantos más hijos/as tuvieron, más improbable es que hayan terminado el secundario. El 60% de las mujeres que fueron madres en la adolescencia[4] y el 55% de las madres de 3 o más hijos/as de hasta 17 años interrumpieron su trayectoria escolar antes de finalizar la secundaria. En contraste, más de la mitad de las mujeres que fueron madres después de cumplidos los 30 años accedieron a estudios de nivel superior.

Mujeres de entre 15 y 45 años que son madres según nivel de instrucción por grupo de edad. Áreas urbanas, Argentina 2018

Fuente: elaboración propia en base a ENGHo-INDEC (2017-2018)

 

Preguntale a tu papá

Al igual que la mayoría de las madres de la ficción, el 70% de las madres en Argentina convive con el padre de sus hijos/as. Pero solamente 6 de cada 10 de ellas (61%) conforma una familia nuclear tradicional: una pareja que convive solo con sus hijas/os, y en donde el varón se declara jefe de hogar y la mujer cónyuge. El 22% de las mujeres que conviven con el padre de sus hijas/os se declaran jefas del hogar y el 16% restante convive con sus padres o los padres de sus parejas. Esta última configuración familiar es más frecuente entre las madres con bajo nivel de instrucción.

Pero la ficción también tiene otro ejemplo arquetípico de madres: las madres que crían solas. Como Doña Florinda, en El Chavo del 8, 3 de cada 10 madres no conviven con el padre de sus hijos/as. Sólo una de cada cuatro de ellas cuenta con los ingresos de la cuota alimentaria. La mayoría de las madres que no conviven con el padre de sus hijas/os formó una nueva pareja o residen con sus padres u otros familiares.

Pero parece que la ficción, en este caso, tiende a invertir roles. En la realidad, lo más probable es que Doña Florinda no pueda criar sola. Esta “madre soltera” de la vecindad de El Chavo, de existir en Argentina, sería mucho más probable que conviva con sus padres (abuelos/as de sus hijos/as) o que forme una nueva pareja. En nuestro país, solamente 28% de las madres que no conviven con el padre de sus hijos encabezan el hogar sin el apoyo de otros adultos. La inmensa mayoría de ellas son mujeres con alto nivel de instrucción, trabajan en forma remunerada y acceden a ingresos suficientes para cuidar. El 43% de ellas suma la cuota alimentaria que aportan los padres de sus hijos al ingreso total del hogar.

 

Mamá, ¿qué te gustaría ser si vivieras?

¿Cómo evitar recordar a Raquel, la mamá de Mafalda, y su incansable trabajo doméstico? A lo largo de la tira, Quino va aportando elementos sobre las implicancias de ese trabajo no remunerado. Raquel no logró terminar sus estudios. Raquel no participa del mercado de trabajo. Raquel no tiene tiempo para otra cosa que no sea ocuparse de la casa y de Mafalda y Guille. Raquel es “sólo una mamá full time”.

El trabajo de cuidado no remunerado es el principal determinante de la baja participación de las mujeres en el mercado laboral. En efecto, cuando son madres la probabilidad de que las mujeres trabajen en forma remunerada disminuye abruptamente. El 83% de las mujeres jóvenes y adultas[5] que no tienen hijos/as trabajan o buscan trabajar en forma remunerada, en contraste con el 69% de sus pares que son madres. Para los varones se invierte la ecuación: es más probable que trabajen de manera remunerada si son padres (98%) que si no lo son (90%).

La maternidad, en un contexto de déficit de oferta pública asequible de servicios de cuidado, pone en riesgo la autonomía económica de las mujeres y aumenta la probabilidad de conformar hogares sin ingresos suficientes para cuidar. La baja participación de las madres en el mercado de trabajo y la necesidad entre las trabajadoras de conciliar el trabajo remunerado con la crianza llevan a que sean muy pocas las madres con ingresos equivalentes a la de los padres de sus hijas/os, sean o no sus parejas. El 16% de las mujeres jóvenes y adultas sin hijas/os vive en condición de pobreza, entre sus pares que son madres esta proporción trepa al 39%, y si no completaron el tramo de escolarización obligatorio, al 60%.

 

Complejizar las maternidades: una necesidad para repensar las políticas públicas

El impacto de la maternidad en las trayectorias vitales de las mujeres y de sus familias varía en función de la forma que tiene cada recorrido particular. Esto se debe a que en Argentina los cuidados están familiarizados y feminizados. Entonces, la forma, el momento y las condiciones en las que cada mujer es madre tiende a tener un impacto fuerte en las oportunidades a las que ellas (y sus hijos/as y familias) puedan acceder. Por este motivo, para muchas mujeres, la maternidad se convierte en una desventaja social.

Las políticas públicas tienen un enorme potencial para mitigar este impacto no deseado de la maternidad. En particular, se podría revertir parte de este impacto a partir de políticas que promuevan una mayor corresponsabilidad social en los cuidados y que posibiliten una distribución más equitativa en el trabajo no remunerado y remunerado entre varones y mujeres. Tres ejemplos concretos en los cuales se podría avanzar: (1) Ampliar la red de espacios de crianza, enseñanza y cuidado gratuita y de calidad para los niños y niñas pequeños (2) Universalizar el régimen de licencias por nacimiento o adopción y adaptarlas a las diferentes configuraciones familiares y (3) Tender hacia un ingreso universal para que todas las familias con responsabilidades de cuidado cuenten con ingresos suficientes para cuidar.

El contexto actual de la pandemia jerarquiza la necesidad de impulsar políticas que contribuyan a disminuir la familiarización y la feminización de los cuidados. Estas políticas tienen el potencial también de reducir las desigualdades entre varones y mujeres en el mercado laboral y de reducir la acumulación intergeneracional de desventajas sociales. Además, las políticas de cuidado pueden contribuir a reactivar la economía y generar puestos de empleo genuinos. Pero para que estas políticas tengan el impacto deseado es necesario que contemplen la diversidad de necesidades y contextos que tienen las madres y familias en Argentina.

[1] Se considera “madre” a mujeres en hogares en donde al menos uno de sus integrantes declara ser su hijx (incluye hijxs adoptivos y excluye a hijxs que no conviven con sus madres). Para el cálculo de este indicador se considera a mujeres de entre 15 y 45 años.

[2] La fuente de la información estadística de todos los datos que se presentan en este texto es “CIPPEC con base en Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares (ENGHo) – INDEC 2017 – 2018”.

[3] El indicador está calculado sobre el total de niñxs, niñxs y adolescentes de hasta 17 años en hogares familiares (excluye a NNAA en hogares colectivos como hospitales, centros penitenciarios, reformatorios, hogares de guarda para NNAA sin cuidados parentales).

[4] Para el cálculo del indicador se restó la edad del/a hijx mayor a la edad de la madre. Se excluyen lxs hijxs que no conviven con sus madres. En consecuencia, es probable que haya un subregistro de maternidad en la adolescencia.

[5] Para el cálculo del indicador “tasa de actividad” se consideró a mujeres / varones de entre 25 y 45 años (se excluyó a las mujeres / varones en edad teórica de asistir al nivel secundario / superior).

Autores


Gala Díaz Langou

Directora de Protección Social

Vanesa D´Alessandre

Investigadora asociada de Educación y Protección Social

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