Es hora de apostar a iniciativas que permitan hacer frente a la diversidad que habita en las instituciones y sus aulas

La frase “las familias no participan” es repetida como un mantra en distintos espacios escolares. Muchos supervisores, directivos y docentes comparten la sensación de que madres y padres no se comprometen lo suficiente con la educación de sus hijos. Sin embargo, son pocas las políticas que buscan reforzar constructivamente los intercambios entre la familia y la escuela.

No cabe duda de que los aprendizajes significativos tienen lugar tanto en el ámbito de la escuela como en el de la familia. El trabajo articulado entre ambos espacios es condición necesaria para la mejora en los aprendizajes y en la convivencia escolar.

Visto desde las prácticas escolares, se revelan distintas formas de articulación. La mayor parte apunta a informar a la comunidad lo que sucede en la escuela, a través de las típicas notificaciones en el cuaderno de comunicaciones o las reuniones de padres, los actos y las clases abiertas. A veces, este vínculo informativo se combina con intercambios presenciales, donde los padres son convocados a reuniones individuales, generalmente para comunicar los malos comportamientos o el bajo desempeño de sus hijos.

Menos comunes son las iniciativas que proponen involucrar a las familias en espacios de decisión. Las prácticas escolares que les brindan la posibilidad de tener una representación activa en la escolarización de sus hijos escasean. La gestión de la escuela, tal como se presenta en la actualidad, tiende a dejar a madres y padres por fuera de los procesos de toma de decisión. Tampoco suele convocárselos para participar activamente de los procesos de aprendizaje de sus hijos. Se tiende a “invitar” a los familiares a la escuela, pero se los mantiene en sus contornos, limitados a los alrededores: son espectadores en los actos y receptores pasivos en las reuniones informativas.

En el marco del proyecto Comunidades de Aprendizaje, una propuesta de innovación sistémica de la escuela, se promueven –entre otras– dos estrategias que  desafían las tradicionales interacciones entre la escuela y la comunidad.

La primera estrategia promueve una participación decisiva de la comunidad. Propone la institucionalización de espacios donde directivos, docentes y familias participan de procesos de toma de decisión conjunta acerca del funcionamiento de la escuela, la organización de las actividades escolares y extracurriculares así como cuestiones asociadas a los aprendizajes. La propuesta invita al armado de comisiones mixtas que, en muchos casos, suman incluso a los alumnos. En estos grupos, se coordina y sigue el desarrollo de decisiones tomadas de manera colectiva y democrática.

La segunda estrategia tiene como objetivo involucrar a la comunidad en las actividades de enseñanza y aprendizaje de los alumnos. Una vez por semana y en horarios convenidos, se propone una nueva distribución del aula. Se configuran grupos interactivos de trabajo, cada uno de ellos acompañado por un familiar adulto. La clase se convierte así en un espacio que encuentra al docente en el rol de moderador y donde las interacciones que promueven aprendizajes se multiplican entre alumnos y familiares. Los padres tienen un contacto genuino con la vida cotidiana del aula, generándose vínculos de mayor empatía y compromiso, motores de mejores climas escolares y catalizadores de logros compartidos.

Ambas estrategias se basan en el aprendizaje a partir del diálogo. Desde esta perspectiva, se entiende al diálogo –es decir, las interacciones que tienen los alumnos con otras personas de la escuela y la comunidad– como el motor de la transformación de los logros de aprendizaje. En particular, el diálogo igualitario es el que ejerce mayor potencia sobre los aprendizajes: se trata de aquel diálogo en que las voces que priman no son las de quienes más autoridad tienen sino las de quienes brindan los argumentos de mayor validez. En este sentido, el aprendizaje dialógico busca relaciones pedagógicas más horizontales, mediadas por el respeto por los saberes de todos y la búsqueda genuina de respuestas, más que por jerarquías de autoridad impuestas.

En Argentina, hay una red de 40 escuelas estatales que son Comunidades de Aprendizaje. No sin retos, escuelas en las provincias de Salta, Santa Fe, Corrientes y Chaco se esfuerzan por llevar adelante prácticas como estas que, en el contexto actual, son muy novedosas. A partir de la construcción de metas y sueños comunes, este proyecto entabla nuevas relaciones entre las escuelas y la comunidad para alcanzarlos. En el proceso, se multiplican y transforman las interacciones y, con ello, mejoran la convivencia y los logros de aprendizaje.

El desarrollo de estas nuevas relaciones encuentra algunos obstáculos. La tradición y la costumbre regulan una participación limitada de las familias en la institución escolar. La escuela y la normativa que regula su funcionamiento definen en gran medida la forma en la cual las familias pueden involucrarse en lo escolar: cómo, dónde y cuándo. A pesar de la extendida idea de que las “familias no participan”, lo cierto es que las políticas educativas no parecieran fomentar una mirada escolar que valore una participación más activa de los padres en la gestión y el aprendizaje de sus hijos.

Los tradicionales canales de participación obturan la posibilidad de imaginar alternativas novedosas en el diálogo e interacción entre las familias y las escuelas. Es hora de apostar a iniciativas que permitan hacer frente de forma conjunta a la diversidad que habita en las instituciones y sus aulas para cumplir los objetivos propuestos desde la escuela.

Autores


Alejandra Cardini

Directora de Educación

Paula Coto

Coordinadora de Educación

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