Evaluaciones educativas, una de las respuestas a la “segunda ola” de la crisis de los aprendizajes provocada por el COVID-19

La crisis global de los aprendizajes en el mundo pre-COVID

En 2015, la mayoría de los países del mundo, en el marco de las Naciones Unidas, aprobaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que constituyen un conjunto de metas a alcanzar al año 2030 para garantizar un crecimiento sostenido, inclusivo y sustentable de nuestras sociedades.  

La Agenda 2030, como se conoce el conjunto de los ODS, reserva un lugar especial para la educación, pues reconoce la centralidad del proceso educativo para poder alcanzar otros objetivos como son la reducción de la pobreza, el mejoramiento de la salud y el cuidado del ambiente, por citar solo algunas áreas. Y propone, directamente vinculado con la educación, universalizar la enseñanza primaria y secundaria, brindando a las personas la posibilidad de adquirir aprendizajes “efectivos y relevantes”. Es decir, no basta con que las personas lleguen y “pasen” por la escuela, sino que es crucial que adquieran conocimientos y competencias esenciales para su desarrollo en el futuro.

Esta meta redobló esfuerzos existentes desde hace varios años en muchos países, y generó también nuevas iniciativas con el propósito de conocer más sobre cuánto aprenden niños, niñas, adolescentes y jóvenes en su tránsito por el sistema educativo. Los resultados alcanzados a partir de diagnósticos hechos a nivel países y avalados por organismos internacionales como UNICEF, el Banco Mundial y la UNESCO, coinciden: el mundo enfrentaba una crisis de aprendizajes severa, principalmente presente en países de ingresos bajos y medios, desde mucho antes de la llegada de la pandemia. A inicios de 2020, según datos del Banco Mundial, esta crisis de aprendizajes se traduce, por ejemplo, en que 5 de cada 10 niños en América Latina y el Caribe son “pobres” por su nivel de aprendizajes, lo que significa que no pueden leer y entender un texto simple.     

Argentina lamentablemente no es ajena a la realidad de la región, con aprendizajes que están por debajo de lo esperado y grupos en situación de vulnerabilidad que tienen aprendizajes mucho menores aún. En nuestro país, según datos del programa internacional para la Evaluación de Estudiantes o informe PISA, por sus siglas en inglés, de 2018, las y los adolescentes de 15 años del segmento poblacional más vulnerable que va a la escuela, en términos de conocimientos, tienen más de dos años de atraso respecto de pares de la misma edad que se ubican en el 25% de mayor nivel socioeconómico.

 

COVID-19 y la pérdida de aprendizajes

La crisis en la adquisición de aprendizajes, que para el inicio de 2020 estaba bien documentada en cuanto a su alcance, se agrava significativamente desde la irrupción de la pandemia y pone al mundo ante una segunda ola de esta problemática.

La razón principal es el rápido cierre de escuelas en casi todos los países, que comenzó a registrarse el 16 de febrero de 2020 en China y Mongolia; pero para finales de marzo, según datos de UNESCO3, ya afectaba a 1.471 millones de estudiantes de todos los niveles educativos que no podían participar de la educación de manera presencial en 170 países.  

Desde ese momento, los gobiernos nacionales trabajan para implementar respuestas que permitan afrontar la continuidad de la provisión del servicio educativo. Sin embargo, estas respuestas no han podido diseñarse con un alcance y una calidad equivalente a la educación presencial. Hoy tenemos claro que la educación a distancia y la virtualidad no pueden reemplazar la presencialidad en las escuelas, y en América Latina y el Caribe, donde los cierres de establecimientos fueron los más extensos en el mundo hasta ahora según UNICEF, con 158 días de clases presenciales perdidos en 2020 como promedio regional, los efectos adversos que se esperan son muy importantes.  

Evaluar el alcance de esta pérdida de aprendizajes no es tarea sencilla. Una estimación hecha por el Banco Mundial5 dice que, de una situación en la que ya aproximadamente 5 de cada 10 adolescentes en América Latina no alcanzaban el estándar mínimo de lo que se espera sepan en lectura y matemáticas, la proporción ahora pasaría a ser 7 de cada 10.  

Por el momento esta estimación no se ha podido corroborar con evaluaciones recientes a gran escala de los aprendizajes de niños, niñas y adolescentes, pero junto con otras proyecciones similares elaboradas por distintas organizaciones, se apunta a un consenso sobre temas que, frente a este escenario futuro, deberían convertirse en la base del diseño de la política pública educativa para los próximos años:

  1. Nos enfrentaremos a un contexto de deterioro de aprendizajes generalizado.
  2. La pérdida de aprendizajes se concentrará con más fuerza en niños/as, adolescentes y jóvenes en situación de mayor vulnerabilidad, lo que incrementará las desigualdades ya existentes al interior del sistema educativo.
  3. El desempeño escolar, junto con la asistencia y el comportamiento en la escuela (o conducta) de cada estudiante, es una de las grandes señales (predictores) que anticipan el abandono escolar.
  4. Se dará una mayor exclusión educativa impulsada no solo por la pérdida de aprendizajes, sino también por el deterioro de la situación socioeconómica por la pandemia, que impactará con más fuerzas en adolescentes y jóvenes con edad para estar en los últimos años de la educación secundaria porque son quienes tienen mayores posibilidades de contribuir en sus hogares frente a la falta de ingresos.

 

Evaluaciones educativas para la superación de la crisis de los aprendizajes

Dimensionar la magnitud del deterioro de aprendizajes a nivel del sistema educativo solo es posible por medio de evaluaciones a gran escala, las únicas diseñadas para tal fin. En Argentina, este tipo de evaluaciones se implementan desde 1993 pero bajo distintos nombres y de manera discontinuada, con cambios en sus objetivos y metodologías, lo que genera dificultades para el seguimiento de sus resultados y su aprovechamiento integral.   

Las evaluaciones Aprender, iniciadas en 2016, son las últimas implementadas por el Ministerio de Educación que buscan responder, desde una perspectiva nacional, sobre el estado de los aprendizajes de estudiantes y los principales factores de contexto que explican esos resultados.    

La última administración de estas pruebas se dio en 2019 y los resultados fueron publicados en 2020, con un análisis comprehensivo que buscó integrar la información proveniente de estas pruebas con otras fuentes que sirven para caracterizar el contexto de las y los estudiantes desde una perspectiva amplia. La experiencia de las últimas Aprender constituye, además, un avance institucional, en tanto se trata de pruebas hechas al final de una administración cuyos resultados son tomados, analizados en profundidad y presentados por una nueva gestión gubernamental 

Con la irrupción de la pandemia, en 2020 países como Costa Rica, México y Perú, al igual que Argentina, decidieron cancelar la administración de ese tipo de pruebas dado que muchos de los desafíos logísticos vinculados con su implementación, desde cómo aplicar la prueba en contextos de no presencialidad hasta temas sanitarios vinculados a la seguridad del personal que trabaja en estos operativos, resultaban difíciles de abordar.    

Sin embargo, en 2021 la urgencia por conocer el estado de los aprendizajes de nuestros estudiantes y en qué medida fueron afectados por el contexto de pandemia impone la realización de una nueva evaluación cuyos resultados puedan compararse con los datos de la serie histórica generados por el Ministerio de Educación. En este sentido, varios actores a nivel internacional y gobiernos nacionales apuestan a priorizar la implementación oportuna de este tipo de evaluaciones a gran escala, comparables con años anteriores. Esto permitirá contar con la información, a nivel del sistema, de los conocimientos y competencias actuales de los estudiantes, los cambios ocurridos desde el inicio de la crisis sanitaria, el monitoreo de la efectividad de las acciones implementadas durante este período de emergencia, y contar con una línea de base sólida para afrontar de manera informada el diseño de las políticas que nos permitan recuperar los aprendizajes perdidos.  

Adicionalmente, en la actualidad varios países buscan también avanzar con un uso más efectivo de las evaluaciones formativas para la recuperación de los aprendizajes perdidos. Estas evaluaciones son las implementadas  por el  personal docente como parte del proceso de enseñanza y que tienen como propósito introducir los ajustes que se requieran, a nivel del aula, para mejorar los resultados de sus estudiantes, al dar una retroalimentación sobre el progreso del aprendizaje individual. Según UNESCOen América Latina países como Colombia, Guatemala, Honduras, Panamá y Uruguay ya desarrollan nuevas acciones o profundizan líneas de acción existentes en esta áreaConcretamente, aquí se busca el desarrollo de instrumentos de evaluación con estándares de calidad homogéneos que puedan ser utilizados por docentes en distintos contextos para acompañar los procesos de enseñanza.

Frente a las muchas incertidumbres que todavía afrontan a nivel regional, los países en general y sus sistemas educativos en particular avanzan en alcanzar acuerdos respecto de que las evaluaciones de las y los estudiantes son parte fundamental, e impostergable, de la solución frente a esta “segunda ola” en la crisis de aprendizajes que enfrentamos.

Autor


Juan Cruz Perusia

Investigador principal de Educación

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